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Una nueva Constitución con vocación de integridad. Por Jorge Suez, Presidente Fundación para la Prevención Pública

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La corrupción en sus diferentes formas, tanto pública como privada, ha sido fuente de inequidad, desigualdad y abusos en todos los tiempos.

¿Es inevitable entonces?

Estamos convencidos que al menos podemos como sociedad organizada ubicarla en el lugar que le corresponde: en la celda del desprecio constitucionalizado.

Lo anterior guarda una afirmación implícita que no podemos negar: la corrupción hoy no solo es tolerada y, en muchos sentidos, considerada como un mal necesario, sino que es para muchos una forma de vivir y hasta enriquecerse.

Pensar que somos un país con bajos índices de corrupción es ingenuo. Con los años hemos comprobado que, lamentablemente, muchos íconos de la probidad han sido destruidos al descubrirse la verdad de una descomposición institucionalizada que simplemente no había salido a la luz pública.

Si hasta admirados personajes de la historia como Winston Churchill han dicho que «un mínimo de corrupción sirve como un lubricante benéfico para el funcionamiento de la máquina de la democracia», ¿cómo no entender que la putrefacción moral puede imperar en las mentes y acciones de quienes dirigen los destinos de una nación?

No hay duda de que formas de pensar como la señalada también están instaladas como filosofía en nuestro sistema. No sólo es útil y práctico realizar o dejarse llevar por actos turbios, sino que además genera grandes beneficios para quienes operan así. Y los que prefieren mantenerse al margen de prácticas torcidas son constantemente tentados con la frase «si todo el mundo lo hace, ¿por qué yo no?»

La corrupción está muy vinculada con el abuso del poder. Por lo general, quien tiene poder tiene más tendencia a corromperse para conservarlo. Pero quien carece de poder también puede ser tan corrupto como el poderoso, y de hecho ambos son necesarios para que la corrupción se instale.

Dicho lo anterior, queremos manifestar que creemos firmemente que la nueva Constitución debe tener una profunda y clara vocación de integridad, impregnando a todo el ordenamiento jurídico de la necesaria exigencia de probidad, transparencia y oportunidades que permitan superar los vacíos que hoy existen y que propician los males señalados y diversas malas prácticas.

La vocación de integridad implica que la nueva Carta Fundamental debe manifestar como principio una voluntad constituyente y límites claros para impedir, controlar y erradicar la corrupción, propiciando para ello desde la educación en todos, todos sus niveles, y hasta nuevos y más eficaces controles públicos y privados, y sanciones ejemplares para sus autores, cómplices y encubridores. La integridad debe ser un valor reconocido, deseado y protegido por todos.

Es importante precisar que cuando hablamos de corrupción no nos referimos solo a los típicos casos de soborno a funcionarios públicos para acceder a beneficios (una licitación pública) o evitar consecuencias (una multa), sino a un sinnúmero de conductas y prácticas que pueden parecer inocuas, pero que en realidad influyen radicalmente en el desarrollo del país y la justa prosperidad de sus habitantes, como los concursos a cargos arreglados, que defraudan la confianza pública y estafan la esperanza de oportunidades de quienes participan en ellos.

Una nueva Constitución significa un nuevo país que se empieza a construir, y para que ese proceso sea serio y con buen pronóstico es necesario que los cargos públicos o de relevancia pública (que también pueden ser del ámbito privado), cuyo titulares estén a la cabeza de instituciones y empresas, queden absolutamente prohibidos para quienes alguna vez han recibido reproche suficiente por conductas que podamos considerar corruptas. No puede liderar una entidad pública quien ha sido gravemente cuestionado, y debe cesar quien sea sorprendido en prácticas indeseables.

Lo nuevos líderes deben gozar de una imagen intachable y mantenerla así durante el ejercicio del cargo. ¿Difícil? Tal vez sí, pero nuestra nación tiene a cientos de personas que han vivido honradamente toda su vida, el país merece tenerlos entre sus jerarcas, y vale la pena aspirar a contar con hombres y mujeres que nos enorgullezcan y sean el ejemplo para las nuevas generaciones que guiarán el Chile del futuro.

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