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¿Por qué sí 2025 o 2030 o 2050? Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

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De enero a diciembre, en el caso de muchos, o de todos. De marzo a diciembre, para unos cuantos. De septiembre a junio, en el hemisferio norte. Día tras día, todos. Mes a mes, no pocos, y a duras penas. Para algunos, todo se interrumpe a los sesenta años. Para otros, a los sesenta y cinco. Para unos, de modo impensado, hoy. Para unos tantos, nunca.
¿A qué me refiero? A ciclos, a hitos, a temporadas, a cursos, a esperanzas, al día a día, al vivir, sin más. Lo que he cifrado en el párrafo anterior cuenta para muchos, son sus realidades, son las nuestras, son las mías. Pero, no pocos, se dedican profesionalmente a hacer planes, planes serios, planifican, adelantan los ciclos, lo hacen calculadamente.
Planifican, gestionan, calculan, encuestan, entrevistan, tabulan, buscan medias, y… tiran líneas en un tiempo artificial, no real. Que cuatro años (ciclos políticos), que cinco o más años, a veces diez años (ciclos propios de instituciones públicas o privadas), y algunos organismos con datos macros, los llaman, datos duros, planean a veinte, treinta y más, más años (propio de organismos de naciones unidas, o de administración de datos macroeconómicos a nivel mundial).
No ocurre lo mismo con el común de los mortales, con suerte, cuenta con el día a día, y por estas fechas, ya de un año a esta parte, es la mala suerte de muchos, de muchos más que quisiéramos. Y más que planear aseguramientos, lo que se planea hoy, son sostenimientos, equilibrios, lo más digno posible, lo más humano posible.
Aun así, se ha de aunar esfuerzos en planear más allá del día a día, y ha de ser con la ayuda de instrumentos, de calculadoras, con datos micro y macro, guste o no guste. Y sí esta planificación no debe ser o estar ajena a las distintas sensibilidades o experiencias de vida.
De lo que estoy seguro es de que ha de ser una planificación armónica, justa, humana, real, y… posible, y… de lo posible, lo mejor.
Son necesarias las planificaciones, abordan los problemas y se adentran en las soluciones, y para ello construyen objetivos, y articulan estrategias que señalen el rumbo, un buen rumbo, que arriben a metas, sin zozobras, o al menos las mínimas, incluso previstas al pie de página, en letra chica.
Bienvenidos los planes al 2025, al 2030, al 2050, incluso. Sí, deben articularse más allá de los ciclos directivos, ejecutivos, legislativos, organizacionales; nunca, pero nunca ser personalizados o responder a liderazgos. Estos planes deben trascender a las personas, a los individuos, deben trascender en el tiempo, y oteando el horizonte, a ras de piso y desde un dron. Por tanto, deben ser construidos con altura de miras, siempre teniendo en cuenta la nostridad, siempre teniendo en cuenta al tú, con él, no sin él. Y si hay que reparar, reparar, si hay que reponer, reponer.
Y, a no olvidarlo, debe ser, de lo posible, lo mejor.

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