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Lo que el viento se llevó. Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

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¿Cuál viento? ¿El de Lebu? ¿El de Punta Arenas? ¿Cuál? En realidad, no me refiero a esos entrañables vientos ni al de la mítica película. Se trata ni más ni menos que del viento que cruza este largo y angosto territorio, de norte a sur, de la cordillera al mar, o del mar a la cordillera. Se trata de aquella brisa que lleva y arrastra todo, más aún lo perecedero, lo volátil, aquello que no ha echado raíz, lo que no está anclado.
¿Volátil? ¿Perecedero? ¿Qué podría ser? Ufff, tantas cosas. Los sueños. Las ideas. El tiempo. El conocimiento. Beachtung! Definitivamente hemos puesto poca atención en lo que no se puede estacionar ni fijar. Sin embargo, sin embargo, también lo imperecedero, lo material, aun así, está sujeto a cambios, a modificarse, a mutar, a mudarse, sino a desaparecer. Qué cosas, ¿no? ¿Y qué tipo de viento es ese? Es aquel que está afecto a la temporalidad, a los ciclos, a aquello que no tenemos modo de controlar, fijar, anclar. El reloj no cesa en su andar y sí en un aparente control, hace que todo mude, mute, cambie, sino desaparezca.
Raya para la suma. ¿El tiempo? No se aferra. ¿Las ideas? Con mayor razón cambian. ¿Los sueños? Claro que sí, son intangibles. ¿El conocimiento? Se consigue, se estaciona, se supera a sí mismo, y transita a un nuevo estadio.
¿Qué se ha llevado el viento? Hum, mucho, es cuestión de pasar lista. La mesura, la discreción, la concordia, el sosiego, la compostura, la serenidad, el equilibrio, la moderación, la sensatez, la ponderación, la sobriedad, la prudencia, el tino, el temple, el comedimiento, la parsimonia, la moderación, la reflexión, la morigeración, la concordia, la verdad, la templanza, la calma, la modestia, … y el acuerdo, la unidad, la paz. ¿Qué debemos hacer, entonces? No auspiciar la insensatez, el desatino, el arrebato, la descortesía, la irreverencia, la desavenencia, la mentira, el exceso, la imprudencia, el menosprecio,… A todas estas malas acciones, hay que espantarlas, hay que decirles ¡úchale, úchale!
La verdad sea dicha, si fuese el viento el atrevido, a dónde llevó las buenas acciones, las procedentes, dónde las dejó, así podríamos recuperarlas, digo.
La verdad sea dicha, no es el viento el culpable, es el olvido, la poca práctica, la falta de educación, la social, la familiar, la formal, todas ellas, la falta de modelos.
¿Qué hacer? Evaluar, escrutar, auscultar, diagnosticar, y… ponerse en movimiento, ponerse en acción. Cambiar, modificar conductas, promoverlas, con estímulos verdaderos, que no impliquen premios metálicos de por medio. ¿Qué acciones? Aquí menciono algunas, estímulos cordiales, desde el corazón, con el corazón, de corazón a corazón. Tomar de la mano, mirar a los ojos, escuchar, hablar quedo, reflexionar, nunca dejar de aprender, estimular los sueños, saludar, dar las gracias, no perder las esperanzas, leer, visitar museos, creer, inspirarse, crear, escribir, visitar a la familia, no aislarse, sonreír más, animar, y animarse, ser curiosos,… Uff, tanto, y se dan cuenta de que no cuesta tanto, al menos no hay que desprenderse de tanto metálico, incluso diría, casi nada.
Entonces, a cuidar las raíces, a fijar las virtudes, a arraigar buenas prácticas. Ya es hora de empezar. ¡Manos a la obra, que es mucha la labor!

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