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Chile, uno. Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

Chile, uno. Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

¿Cómo? ¡Cómo! ¿Uno? ¡Si somos tantos! ¿Cómo hacer? Es buena idea, pero ¿cómo sostenerla?

Según unos datos, Chile cuenta ya este año 2022 con una población de 19.212.362 personas, y día a día querámoslo o no, somos más en este flaco y estirado territorio continental y sus islas y sin olvidar, a quienes hoy están lejos y añoran, quieren y sufren por este terruño.

Somos hartos. Importante el verbo ser, la idea no es cambiarlo por el verbo estar. Si de cantidad hablamos, cada uno de los poco más de diecinueve millones somos una entidad individual, y así sumamos la cantidad ya predicha. Cada uno instalados donde estamos, tenemos orígenes diferentes, un rut distinto, nacimos, crecimos, nos educamos en entornos diversos, y somos hijos de esas circunstancias, querámoslo o no, no podemos cambiarlas ni negarlas, tenemos que asumirlas, no más.

Cada uno defiende lo suyo, era que no. Nos planteamos ante la vida de diferente manera, según ese adeene personal, social. Y donde nos encontremos nos emocionamos hasta las lágrimas cuando advertimos que somos chilenos, en especial cuando la diosa fortuna nos ha llevado momentáneamente a tierras extranjeras. Cuánta alegría rebosamos entonces. No importa dónde nacimos, dónde estudiamos, cuál es el número de nuestro rut, ¡somos chilenos, y qué jue!

Los 19.212.362 logramos ser transitoriamente uno, en circunstancias trágicas que nos sacuden, literalmente, cuando algunas regiones del país padecen cataclismos que afectan a gran parte de la población. Ahí nos unimos, ahí somos uno.

Por ende, si se trata de ayuda solidaria, de Arica al territorio antártico somos uno, sentimos como uno, le ponemos el hombro, nos tomamos de la mano.

Ser uno, sumar uno, ¡Chile, igual a uno!, es tarea dantesca, quimérica, dirá alguien, pero no hemos de dejar de poner empeño en intentarlo una y mil veces.

La cantidad de “Chiles” que existen en nuestra patria es un dilema no resuelto. Se dice que somos una sola nación cuando sobreviene el desastre o cuando un drama humano nos conmueve. Se dice que hay dos Chiles que contrastan: el opulento, que despilfarra los recursos mínimos con que el otro Chile, el precario, no puede contar. Se dice que uno es el Chile de las élites obsesionadas por un debate de tópicos -algunos de ellos ideológicos- que ni siquiera se atreven a aproximarse al “ciudadano de a pie”, del otro Chile que no se hace problema porque “mañana hay que trabajar igual”. Así se reza en “Chile, un hogar para todos”, título de una carta pastoral de los obispos que integraban el Comité Permanente en octubre de 2017, por encargo de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile.

En esta Carta se nos invita a soñar a Chile como un hogar común. Es propio del hogar, de un hogar, ser el corazón de una familia, tan variada y compleja como la conocemos hoy, con diversas maneras de vivir, de pensar, de sentir y de organizarse. A veces nos queda la impresión de que hay poco más de diecinueve millones de Chiles, tantos como los que poblamos este país. Es cierto, somos muy diversos, y eso no es un problema, es un valor. Y desde esa diversidad nos debemos disponer a intercambiar nuestras vivencias, nuestro sentir, nuestros sueños.

¿Qué hace único a un hogar? En cada uno, en cualquiera hay buenos momentos y otros que preferiríamos no vivir nunca, o que jamás se repitan. Como en todo hogar, no es fácil decir las cosas como son y actuar en coherencia con lo que se predica. Así como en el hogar, en la familia, es más fácil salir adelante con la verdad y ser consecuentes, porque se cuenta con el tejido nuclear del amor de los seres queridos. Al hogar siempre volvemos, del hogar nunca nos soltamos porque ahí está nuestra esencia, nuestro ser, nuestra identidad.

Chile, uno. En este afán de hacer de Chile un hogar para todos y todas, ¿qué depende de mí?, ¿qué depende de ti?