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La convivencia escolar también se construye desde el espacio. Por Marcial Huneeus, Director de Innovación e Incidencia Fundación Patio Vivo

La reciente aprobación en el Senado del proyecto de Escuelas Protegidas volvió a instalar con fuerza la crisis de convivencia escolar en el centro de la discusión pública. La iniciativa, que incorpora medidas como revisión de mochilas, nuevas sanciones y mayores herramientas de control para los establecimientos, surge como respuesta a un escenario marcado por episodios de violencia, agresiones y creciente preocupación dentro de las comunidades educativas.

La gravedad del problema exige respuestas concretas, pero en medio de este debate hay un elemento que sigue ocupando un lugar secundario y que también influye directamente en la forma en que niños, niñas y adolescentes conviven todos los días y que es el espacio físico de las escuelas. Dado que uno de los principales lugares donde ocurren situaciones de violencia y conflicto es el patio escolar.

Durante años, gran parte de los patios escolares en Chile fueron concebidos desde una lógica funcional, dominada por cemento y canchas, donde el recreo se entendía simplemente como una pausa entre clases. Sin embargo, hoy sabemos que el diseño de los espacios escolares no es neutro, ya que la forma en que se habita el patio impacta directamente en las dinámicas sociales, en las oportunidades de inclusión, en los liderazgos que se validan y en cómo se construyen las relaciones cotidianas.

Cuando en estos lugares se incorporan zonas de naturaleza, se intencionan circulaciones, lugares de calma, estructuras para la exploración y el juego, y distintas formas de socialización, comienzan a aparecer nuevas dinámicas de encuentro y colaboración.

Eso es justamente lo que hemos observado desde Fundación Patio Vivo en distintos establecimientos del país. A través de encuestas aplicadas a docentes y equipos educativos antes y después de intervenciones en patios escolares, los resultados muestran tendencias consistentes: una mejora de 9,7% en la convivencia durante los recreos, disminución de conflictos hasta un 17,5%, mientras que la inclusión aumentó un 26%. Además, las actividades compartidas entre estudiantes de distintas edades crecieron más de un 40%.

El desafío de la convivencia escolar requiere ser abordado de forma concreta, pero al mismo tiempo es fundamental llegar antes, actuar preventivamente, no para frenar la violencia, sino para construir comunidad, vínculo y bienestar en la escuela. En ese sentido, es fundamental crear lugares desde el juego y la naturaleza que favorezcan el encuentro, el sentido de pertenencia y las relaciones positivas entre estudiantes.

Porque la convivencia escolar no ocurre únicamente dentro de la sala de clases, también se juega en el recreo, en el patio y en los espacios comunes. Y en momentos donde el país busca nuevas respuestas frente a la violencia escolar, probablemente también vale la pena preguntarse cómo estamos diseñando los lugares donde esa convivencia ocurre todos los días.

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