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Neurodiversidad y escuelas: avanzar sin retroceder. Por Yirda Romero, Directora Carrera Pedagogía en Educación Diferencial, UDLA Sede viña del Mar

En las últimas semanas, diversos establecimientos educacionales del país han debido enfrentar rayados, daños materiales e intervenciones que alteran la convivencia cotidiana. Colegios, liceos y universidades, sin distinción de dependencia ni contexto social, han visto tensionados sus espacios comunes. Más allá del deterioro visible, estos episodios invitan a una reflexión más profunda sobre el clima emocional que atraviesan nuestras comunidades.

La escuela, llamada a ser lugar de formación, resguardo y encuentro, suele convertirse en reflejo de aquello que ocurre en la sociedad. Cuando existen frustración, incertidumbre o dificultad para canalizar el malestar, esas tensiones también ingresan a las aulas. Lo que aparece en los muros muchas veces expresa aquello que no ha encontrado palabras.

Desde la educación inclusiva sabemos que detrás de numerosas conductas complejas existen trayectorias marcadas por ansiedad, desregulación emocional, sensación de exclusión o contextos familiares exigidos al límite. También observamos una realidad cada vez más presente, la diversidad de modos de aprender, relacionarse y comprender el entorno.

La neurodiversidad recuerda una verdad esencial, no todas las personas procesan el mundo de igual manera. En las salas de clases conviven estudiantes autistas, con déficit atencional, dificultades específicas del aprendizaje, altas capacidades o cuadros ansiosos, entre muchas otras realidades. Cada uno requiere oportunidades pertinentes para desarrollar sus capacidades y participar plenamente de la vida escolar.

Sin embargo, aún persisten estructuras pensadas para la homogeneidad, donde se espera igual ritmo, respuestas y similares formas de adaptación. Cuando ello ocurre, algunos estudiantes no quedan rezagados por falta de talento, sino por exceso de barreras.

Avanzar supone fortalecer equipos de apoyo, acompañar a los docentes, resguardar la convivencia escolar y consolidar redes eficaces con salud mental y comunidad. Supone también comprender que educar no consiste únicamente en transmitir contenidos, sino en formar personas capaces de convivir y aportar al bien común.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible son claros en esta materia: educación de calidad, bienestar, reducción de desigualdades y comunidades pacíficas. Buena parte de esos desafíos se juega diariamente en una sala de clases.

Si aspiramos a un país más cohesionado, la escuela debe seguir siendo el primer espacio donde toda diferencia encuentre reconocimiento y donde el dolor no termine escrito en las paredes.

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