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La cuncunilla negra, una amenaza recurrente en las praderas de pastoreo en Chile

Ernesto Cisternas, ingeniero agrónomo y entomólogo del INIA, estudia y propone el manejo de ellos, conservando el control natural y aplicando control biológico de este insecto nativo que ataca principalmente las praderas en el sur de Chile.

Los campos chilenos dedicados a la producción de forraje para alimentación animal sufren en forma constante y cíclica el ataque de plagas que afectan los cultivos. De estas, la cuncunilla negra (que habita entre la octava y undécima región del país) es la principal amenaza. Si este tipo de insectos no son detectados a tiempo, pueden provocar graves pérdidas de plantas que se traduce en la reducción de alimento para la producción de leche. Por eso se debe trabajar con el Manejo Integrado de Plagas (MIP), para determinar la presencia, estimar sus densidades y optimizar el uso de las herramientas apropiadas que protejan al cultivo y la biodiversidad del suelo y ambiente. Y esto va de la mano con la utilización de enemigos naturales, como insectos y aves depredadoras, hongos, nemátodos y bacterias, agentes efectivos para controlar a los insectos plaga invasores de las praderas.

María Alejandra Viedma, coordinadora del área de Producción de Leche del Consorcio Lechero, señala que cuando se desarrolla una plaga sin control, se produce una pérdida de plantas en el suelo, que, “indudablemente impacta en la productividad de la vaca al no existir suficiente alimento, por lo que el productor debe suplementar para cubrir los requerimientos de estos animales, con forraje conservado o alimento concentrado, lo que aumenta el costo de producción”.  Y agrega que, por otro lado, deberá sembrar nuevamente la pradera en la siguiente temporada, para cubrir la superficie perdida.

Viedma comenta que el MIP nos obliga a monitorear y observar el comportamiento del cultivo y de la plaga, para detectar la presencia y determinar las densidades y utilizar un umbral de control, y poder abordarla a tiempo. Ernesto Cisternas, ingeniero agrónomo y entomólogo del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) -La Cruz-, lleva 36 años trabajando con el control biológico clásico de especies plaga introducidas y control biológico conservativo, aumentativo de plagas nativas o naturalizadas en el país, quien ha descubierto y determinado la eficacia y desarrolló un bioinsumo en conjunto con especialistas del INIA Quilamapu para el control de esta plaga de las praderas.

Establecimiento de praderas

Cisternas comenta que para establecer una nueva pradera se prepara el suelo ingresando éste en una rotación de cultivos para finalmente establecer la pradera definitiva. Pero, al hacer esto, se está eliminando una gran diversidad de insectos benéficos y plagas que se comen entre ellos y que tienen al suelo como hábitat. Por otro lado, cuando el suelo es expuesto a la acción de la radiación solar y con ello a los microorganismos que lo habitan, bacterias, virus, hongos, que conforman parte de la batería de enemigos naturales que combaten los insectos plaga, son aniquilados por la radiación UV”, comenta.

Para contar con el alimento que requieren los animales productores de lácteos, por ejemplo, se deben cambiar las especies pratenses naturalizadas de producción estacional y baja, por especies de alta producción, alto valor nutricional y reducida estacionalidad, principalmente especies nobles, ballicas y tréboles de alta producción. “Con ello eliminamos las especies de baja producción, que no se encuentran en otras partes del planeta”, indica.

Eso genera el desafío de descubrir los agentes de control natural en el ecosistema. “Hemos identificado hongos entomopatógenos, que pueden ser transformados en bioinsumos para el control biológico. Y allí aparece el concepto de especificidad, que es encontrar un agente altamente específico, que sólo ataque a una determinada plaga y no al resto de la naturaleza. Se trata de desarrollar, en definitiva, un biopesticida”, detalla el investigador.

Viedma destaca que el control biológico de plagas presenta ciertas ventajas al ser una herramienta que tiene como base un proceso natural. “Es limpia, amigable con el medio ambiente, sin impacto negativo sobre la biodiversidad, y es un método eficaz y perdurable en el tiempo”, señala.

Organismos vivos

El control biológico de las praderas se realiza mediante organismos vivos, que ejercen control sobre la plaga. Existen cuatro grupos relevantes: depredadores (se comen al otro); parásitos (se desarrollan a expensas de este); parasitoides (provocan la muerte de la plaga) y entomopatógenos (provocan enfermedad en sus huéspedes). Cisternas explica que estas son relaciones naturales que han existido por millones de años, en la cual incluso hay coevolución de agentes. “Hay una compleja relación entre insectos, ácaros, hongos, bacterias, nemátodos, parásitos, parasitoides y depredadores que se nutren entre ellos, en un equilibrio dinámico permanente. Es una lucha por la sobrevivencia y los seres humanos hemos tratado de entenderla para usarla a nuestro favor”, indica.

El especialista añade que cuando llega un agente externo a un nuevo ambiente, generalmente viene sin sus enemigos naturales. Por eso los primeros años, éste se va a encontrar con todas las condiciones para desarrollar su población sin que nadie lo contrarreste, en estas circunstancias, podemos  buscar e implementar entonces el control biológico, como una opción amigable con el medio ambiente “Buscamos en su lugar de origen, a sus enemigos naturales y los traemos al nuevo territorio infectado, sin antes pasar por una cuarentena, multiplicación y posterior  liberación en el campo  para combatir al insecto intruso cuando este es foráneo”, destaca.

Plagas conocidas

El ingeniero agrónomo detalla que existen varios insectos plagas de praderas, que se controlan de forma biológica y natural. Uno de ellos es el colémbolo o “pulga saltona de la alfalfa”, descubierta por el INIA en la década del 90, y que ataca principalmente a las leguminosas, en las praderas del sur de Chile. Ataca principalmente las praderas con leguminosas, alfalfa, tréboles blancos o rosados. “Dicho animal produce defoliación (pérdida de hojas de las plantas por consumo de ellas), disminuyendo el rendimiento del forraje y limitando su persistencia”, indica. En este caso, surgieron depredadores naturales que redujeron su población hasta no ser una amenaza o insecto que requiera un control.

Otro ejemplo es el escolítido del trébol rosado, una especie accidentalmente introducida desde Norteamérica a Chile, que ataca solamente al trébol rosado. Sin la plaga, la planta duraba entre 10 a 15 años, y con su llegada, apenas 2 o 3, sumando cuantiosas pérdidas. “Al día de hoy no hemos encontrado enemigos naturales eficientes”, comenta Cisternas. Pero la principal plaga para el país sigue siendo la cuncunilla negra, conocida también como mariposa fantasma, porque vuela en el crepúsculo y en la noche. Ésta sí tiene depredadores nativos, lo que hace más efectivo su control.

En el INIA se descubrió un hongo que la ataca a la cuncunilla negra, la especie determinada correspondió a “Beauveria bassiana”, este hongo entomopatógeno fue llevada al Centro Tecnológico de Control Biológico del INIA- Quilamapu en Chillán, para reproducirlo, formularlo y comercializarlo. “Ese es un control biológico utilizando agentes nativos y propios de la zona en la cual vive la plaga”, destaca el investigador.

Fronteras abiertas

Chile es un país con fronteras y una economía abierta, lo que incrementa las probabilidades de recibir nuevas plagas permanentemente. El Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), detecta al año, muchas especies desconocidas en el país, que son frenadas antes de su ingreso. “Lamentablemente, es tan alta la presión, qué más de alguna logra ingresar y establecerse. “El SAG tiene un departamento de inteligencia agrícola que les permite estar muy atentos y pendientes de todos los posibles arribos de agentes que puedan afectar al país”, indica.

En general, las plagas se están moviendo a nivel mundial, por el cambio climático o el comercio internacional. “Este modelo de producción agropecuaria desde hace muchas décadas ha venido generando desequilibrios en las poblaciones de insectos y microorganismos, generando resistencia a plaguicidas, irrupción de plagas secundarias, intoxicaciones y contaminación del aire, agua y suelo entre otros problemas”, expresa.

Por eso, señala que, a menudo, existen reuniones regionales y globales en el sector de la agricultura, para analizar estrategias de control y combate. Cisternas explica que cuando se detecta un nuevo insecto en Chile, lo primero que hay que hacer, es informar al SAG, para que chequeen la especie y determinen su área de distribución y relevancia.

Luego, el INIA u otra institución, desarrolla investigación, para ver cómo se comporta, dónde se distribuye, qué tipo de daños realiza y cómo se controla. Eso va aparejado a la presentación de proyectos a los fondos concursables, para abordar cada situación. “La detección temprana es primordial, ya que nos permite determinar su área de distribución, y si esta es pequeña área, poder erradicarla de manera expedita y exitosa. En cambio, si ya lleva 4 años al momento de detectarla, es muy complejo destruirla y erradicarla”, resalta el experto.

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