En las aulas universitarias de la Región de Coquimbo ya es evidente la presencia de la llamada Generación Z tardía, jóvenes nacidos entre 2005 y 2010. Su llegada no ha pasado desapercibida. Se les describe como poco participativos, con dificultades para trabajar en equipo o enfrentar la frustración académica.
Sin embargo, antes de convertir estas observaciones en diagnósticos definitivos, conviene hacerse una pregunta clave: ¿estamos frente a un problema generacional o a un desajuste estructural del sistema universitario?
Esta generación creció en un entorno profundamente digitalizado. Su interacción social se formó entre pantallas, mensajería instantánea y redes sociales donde la exposición permanente obliga a administrar cuidadosamente la imagen y el error. El conflicto directo se evita, no por desinterés, sino por aprendizaje. A esto se suma un factor decisivo: la pandemia. Muchos de estos estudiantes cursaron etapas clave de su enseñanza media en aislamiento, con vínculos educativos debilitados y procesos de socialización interrumpidos.
En universidades regionales como las de Coquimbo, donde una parte importante del estudiantado es primera generación en educación superior, estas tensiones se intensifican. Se exige autonomía, participación activa y resiliencia emocional, pero pocas veces se enseña explícitamente cómo desarrollarlas. La universidad opera con códigos implícitos que no todos conocen, y cuando estos no aparecen, el problema se atribuye rápidamente al estudiante.
Sin embargo, la Generación Z tardía no es el problema. Es el espejo. En sus dificultades para interactuar, persistir y proyectarse se reflejan las tensiones de una sociedad que aceleró sin cuidar, digitalizó sin educar y prometió libertad sin ofrecer contención. Culpar a los jóvenes resulta más cómodo que revisar prácticas institucionales que ya no dialogan con el contexto social actual.
Lejos de ser una amenaza, esta generación también aporta fortalezas claras. Valora el trato digno, detecta con rapidez la incoherencia institucional y responde positivamente cuando el aprendizaje tiene sentido y conexión con la realidad. No rechaza la exigencia académica; rechaza la arbitrariedad y el discurso vacío. Busca ser escuchada, no sobreprotegida.
La universidad puede ignorar ese espejo o decidir mirarse en él. De esa decisión no dependerá solo el éxito académico de estos estudiantes, sino la relevancia futura de la educación superior en regiones como la nuestra. Persistir sin cambiar puede ser, paradójicamente, el mayor acto de inmadurez institucional.