El verano suele ser entendido como una pausa del proceso educativo. Las mochilas descansan, los cuadernos se cierran y pareciera que aprender queda en suspenso hasta marzo. Sin embargo, la educación no se toma vacaciones, el aprendizaje es un continuo, todo acto educa, niños y niñas nos observan e imitan constantemente. En el verano, la educación retoma su principal escenario, la vida cotidiana se transforma en un aula abierta, y las familias —madres, padres, abuelas, abuelos, tías y tíos— recobran su espacio como primer educador.
Una salida tan simple como ir al supermercado puede transformarse en una experiencia educativa profundamente significativa. Basta con detenerse, observar y escuchar. ¿Cuántas veces hemos oído a un niño o niña preguntar: “¿Cómo elijo una fruta?”? La respuesta habitual suele ser técnica: “Que no esté muy dura ni muy blanda, que no esté verde ni pasada”. Indicaciones correctas, sí, pero muchas veces lejanas a la experiencia infantil, que no terminan orientando concretamente.
¿Qué pasaría si, en lugar de eso, preguntáramos: “¿Cuál te comerías tú?” Esa pregunta cambia todo, pues invita a los niños a conectar con su propio criterio, con el deseo, con la anticipación del gusto y la experiencia. Les enseña a decidir desde la vivencia y no solo desde la instrucción externa. Elegir cinco duraznos deja de ser una tarea mecánica para transformarse en un ejercicio de observación, comparación, reflexión y autonomía.
Cuando un niño aprende a elegir una fruta pensando en cuál disfrutaría comer, está desarrollando habilidades que van mucho más allá del supermercado: aprende a confiar en sí mismo, a reconocer señales, a tomar decisiones conscientes. Está construyendo pensamiento crítico, lenguaje, autoconocimiento y vínculo con el adulto que acompaña sin imponer.
El verano ofrece innumerables oportunidades como esta: cocinar juntos, planificar una salida, ordenar una maleta, cuidar una planta, elegir un libro o decidir qué llevar a un paseo. No se trata de “hacer clases en vacaciones”, sino de habitar el aprendizaje en la vida diaria, de transformar lo cotidiano en experiencia formativa. De comprender que la tarea es compartida con la escuela y que el aprendizaje es integral.
Educar no siempre es explicar; muchas veces es preguntar mejor, es simplemente acompañar, observar, descubrir quién es ese niño o niña junto a sus características y sus intereses. Porque aprender —cuando es significativo— ocurre ahí, en lo simple, en lo compartido, en lo humano. Entonces la invitación es enseñar criterios que fortalezcan el pensamiento y las habilidades para la vida.