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Cuando el verano también cansa. Por Dr. Héctor Montory Córdova, médico miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET).

El verano suele presentarse como la estación de la felicidad: días largos, vacaciones, aire libre, encuentros sociales y una supuesta obligación tácita de sentirse bien. Sin embargo, para muchas personas esta promesa luminosa convive con una realidad mucho más silenciosa: la astenia veraniega. Un cansancio mental y físico que no siempre entendemos, pero que condiciona nuestro ánimo, nuestra concentración y, en consecuencia, nuestra forma de estar en el mundo.

La astenia estacional no es una moda ni una excusa para la flojera. Es una respuesta del cuerpo a cambios reales: aumento de temperatura, alteraciones en los horarios, más horas de luz y una rutina que se desordena. El problema es que vivimos en una cultura que glorifica el rendimiento constante, incluso cuando el cuerpo pide pausa. Así, el cansancio se vive con culpa, la desmotivación se esconde y la desconcentración se interpreta como fracaso personal.

En verano, además, la deshidratación juega un rol clave. Dolor de cabeza, fatiga, irritabilidad y bajo rendimiento cognitivo son síntomas comunes tanto de la falta de agua como de la astenia. A esto se suma un descanso muchas veces insuficiente: postergamos el sueño porque “todavía es de día” o simplemente porque el calor no nos deja dormir. El resultado es una acumulación de agotamiento que se normaliza peligrosamente.

Paradójicamente, mientras el cuerpo pide bajar el ritmo, la sociedad empuja a disfrutar más, producir más y mostrarse más. Cuando no logramos cumplir con esa expectativa, aparece la sensación de estar fallando incluso en el descanso. Por eso es tan importante entender que la astenia no es debilidad, sino una señal. Una invitación a revisar hábitos, a escuchar el cuerpo y a tratar con mayor amabilidad nuestros propios límites.

Mantener una rutina de sueño, hidratarnos de forma constante, buscar ambientes frescos y hacer ejercicio en horarios adecuados no son simples consejos de bienestar: son actos de autocuidado que pueden devolvernos vitalidad y claridad mental. La actividad física, especialmente en la mañana o al atardecer, no solo ayuda a regular el cuerpo, sino que también mejora el estado de ánimo, reduce el estrés y devuelve una sensación de control sobre nuestro propio ritmo.

En tiempos de cansancio, moverse no es exigirse más, sino reconectarse con la energía que todavía está ahí.

Pero hay algo igual de importante que a veces olvidamos: hablar. Compartir lo que sentimos, decir en voz alta que estamos cansados, desmotivados o emocionalmente bajos, rompe la idea de que debemos poder con todo en soledad. Cuando el malestar se guarda, se amplifica, si se nombra, se vuelve más humano y más abordable. Si la desmotivación es persistente o intensa, buscar ayuda profesional no debería verse como un último recurso, sino como una forma responsable de cuidarse.

Quizás el verdadero desafío del verano no sea aprovechar cada día al máximo, sino aprender a escucharnos mejor. Entender que incluso en la estación del sol, también es válido sentirse cansado, reconocerlo no nos hace más débiles, sino más conscientes.

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