La forma en que se planifica el territorio, así como la manera en que se proyecta y gestiona el paisaje, tiene una influencia directa en la magnitud e impacto de los grandes incendios.
Mientras la planificación territorial aborda la organización normativa del suelo, la arquitectura del paisaje puede ofrecer claves para entender las dinámicas ecológicas que favorecen la propagación del fuego, y proponer estrategias de prevención integradas al territorio. Bajo esta premisa, el concepto de paisaje de mosaico aparece como una estrategia de organización territorial inspirada en la ecología del paisaje, que permite enfrentar los efectos del cambio climático y las consecuencias de una planificación deficiente.
El paisaje de mosaico no alude a una solución puntual, sino a una forma de organizar el territorio que evita grandes extensiones homogéneas y continuas de vegetación inflamable. En Chile, la expansión de plantaciones forestales de monocultivo ha configurado superficies conectadas entre sí, sin transiciones ni barreras naturales, lo que favorece la propagación del fuego a gran escala. “Existe un ordenamiento territorial que permite que estas grandes superficies forestales inflamables se conecten sin ningún tipo de cortafuego natural ni una planificación asociada”, explica Paz González, académica de Arquitectura de la Universidad Andrés Bello en Concepción.
Desde esta mirada, el paisaje de mosaico propone una estructura territorial heterogénea, con usos y coberturas diversas, donde las discontinuidades funcionan como barreras naturales frente al avance del fuego. Esto puede incluir la combinación de áreas productivas con vegetación nativa, corredores ecológicos, cursos de agua y espacios abiertos, entendidos no como vacíos, sino como parte de una infraestructura territorial activa. “Diseñar paisajes tipo mosaico significa diversificar el territorio para que no sea todo igual y continuo, que es una de las cosas que más acelera la propagación del fuego”, señala González.
La implementación de este enfoque requiere también un cambio en la forma en que se concibe el paisaje dentro de las políticas públicas reconociéndolo como una infraestructura ecológica capaz de integrar dinámicas naturales al diseño del territorio y reducir el riesgo frente a eventos extremos. Según la académica, en Chile la gestión del paisaje sigue siendo secundaria frente a otras prioridades, pese a su rol en la reducción de riesgos. “Aún no se considera al paisaje y a la vegetación en su potencial como infraestructura ecológica, ni tampoco se apuesta por la restauración de ecosistemas nativos como una forma efectiva de hacer nuestros territorios más resilientes”, afirma.
Para González no alcanza con una intervención técnica desde el diseño y es preciso incorporar a las comunidades locales en las estrategias de prevención. El conocimiento territorial acumulado por quienes habitan estos espacios suele quedar fuera de los procesos institucionales, pese a su relevancia para la detección temprana y el manejo del entorno. En esa línea, plantea que avanzar hacia territorios menos vulnerables al fuego también supone “construir una cultura compartida de corresponsabilidad frente al fuego y otros riesgos asociados a nuestro territorio”.
Si bien esta sola implementación no elimina el riesgo, sí introduce condiciones territoriales que permiten enfrentarlo de manera distinta, reduciendo la velocidad y la extensión con que el fuego avanza sobre los ecosistemas y los asentamientos humanos.