La biometría facial no es una solución mágica, pero sí puede transformarse en una herramienta relevante para agilizar los accesos y fortalecer la seguridad de las personas en espacios de alta convocatoria, al actuar como medida disuasiva y contribuir a reducir conductas de riesgo.
El anuncio de Colo Colo sobre la implementación de registro facial y nuevos torniquetes biométricos en el Estadio Monumental marca un punto de inflexión en la forma en que entendemos la seguridad y el acceso a los espectáculos deportivos en Chile. No se trata solo de una mejora tecnológica ni de un proyecto puntual: es una señal clara de que el país comienza a transitar hacia un nuevo estándar, donde la experiencia del hincha y la seguridad dejan de competir entre sí.
En rigor, Chile ya había dado pasos en esta dirección. Existen pilotos previos de reconocimiento facial en estadios, pruebas controladas en partidos de alta convocatoria en el Estadio Nacional, y el avance del Registro Nacional de Hinchas como herramienta de control. Todas señales relevantes, pero todavía fragmentadas, acotadas o en fase experimental.
Lo que diferencia el caso de Colo Colo es que la biometría deja de plantearse como una prueba puntual y pasa a instalarse como parte estructural del modelo de acceso a un estadio de alta convocatoria.
Durante décadas, el ingreso a los estadios ha estado marcado por filas extensas, controles manuales poco eficientes, tensión en los accesos y, en los peores escenarios, situaciones de riesgo que nadie desea repetir. La pregunta ya no es si este modelo necesita cambiar, sino por qué se ha tardado tanto en hacerlo.
En esta línea, la biometría facial podría ofrecer una respuesta a esta problemática al tener la capacidad de identificar a una persona en segundos, y con menor fricción.
Sin embargo, es fundamental evitar falsas expectativas o exitismos. La medida es interesante y, sin duda, un paso relevante hacia el futuro, pero también exige cautela, puesto que, en Chile, y en gran parte de la región, todavía no existe una adopción extendida de este tipo de sistemas.
La biometría no es una solución mágica, pero definitivamente puede ser un aporte para la seguridad de las personas, al actuar como medida disuasiva y contribuir a reducir conductas de riesgo.
Esta tecnología conlleva múltiples desafíos. Uno de los más delicados es la gestión de errores. Las tecnologías biométricas no son 100% efectivas y siempre existe la posibilidad de falsos rechazos o coincidencias erróneas. ¿Qué ocurre si una persona que compró su entrada legítimamente es impedida de ingresar? ¿Quién toma la decisión? ¿Qué protocolos se activan? En un entorno físico como un estadio, estos errores no son una estadística abstracta, sino situaciones reales que involucran a personas.
En industrias como la banca, por ejemplo, los porcentajes de rechazos puede gestionarse de forma remota, casi como un número más. En un estadio, en cambio, la situación es distinta: hay hinchas presentes, que pagaron su entrada y esperan ingresar. Por eso, este tipo de implementación exige mecanismos alternativos de contrastación de identidad que permitan resolver los casos de rechazo sin vulnerar derechos ni generar conflictos.
A esto se suma el desafío de la infraestructura tecnológica. Para que la biometría funcione en tiempo real se requiere capacidad de cómputo suficiente, servidores robustos, dispositivos adecuados y conectividad estable. Los accesos a los estadios concentran grandes flujos de personas en lapsos muy breves. ¿Qué ocurre si se cae el internet o el sistema no responde con la velocidad necesaria? Sin una base tecnológica sólida, el riesgo operacional es alto.
Otro eje clave es la protección de los datos personales. La preocupación ciudadana es legítima: ¿quién administra la información biométrica?, ¿con quién se comparte?, ¿por cuánto tiempo se conserva? Cuando la protección de datos se cruza con la prevención del delito aparece una zona gris compleja. El sistema no puede permitir que, tras cometer un delito, una persona invoque la Ley de protección de datos para eliminar su información, pero tampoco puede transformarse en un mecanismo de uso indiscriminado de información sensible.
Este debate cobra especial relevancia considerando la próxima entrada en vigencia de la nueva ley de protección de datos en Chile. Los estadios deberán cumplir estrictamente con ese marco normativo, estableciendo políticas claras de uso, resguardo, trazabilidad y eliminación de la información, con transparencia hacia el público.
En definitiva, el paso que da Colo Colo es relevante y abre una conversación que el país ya no puede seguir postergando. Probar tecnología es positivo, pero el verdadero valor estará en cómo se implementa con gradualidad, con protocolos claros, infraestructura adecuada y priorizando la seguridad y bienestar de los hinchas.
Si se hace bien, la biometría puede transformar de forma profunda y positiva la experiencia de ir al estadio.