En un país donde la sequía ya es parte de la vida cotidiana de millones de personas, Chile está recurriendo cada vez más al mar para asegurar algo tan básico como el agua potable. En los últimos años, el país ha acelerado la construcción de plantas desalinizadoras, una infraestructura que ya está transformando el acceso al agua en el norte y centro del país.
Según datos de la Asociación Chilena de Desalación y Reúso[1] (ACADES),Chile cuenta con 32 desaladoras operativas, con una capacidad instalada superior a 14.000 litros por segundo de agua desalinizada, eso equivale a 1,2 millones de metros cúbicos de agua al día, suficiente en términos de consumo doméstico, para abastecer a entre 8 y 9 millones de personas, una población similar a la de una gran ciudad europea como Madrid o Londres.
La mayor parte de esta capacidad está destinada al sector minero, liberando recursos de agua dulce para otros usos. Además, más de 50 proyectos se encuentran en distintas etapas (desde estudios hasta construcción), lo que podría multiplicar por tres la capacidad instalada actual en los próximos años, con inversiones que superan los US$ 24.000 millones en infraestructura hídrica, una de las mayores apuestas del país para enfrentar la crisis del agua.
Beneficio a la población y sectores productivos
La desalinización ya ha permitido avanzar en el abastecimiento de agua potable para comunidades costeras. Por ejemplo, plantas como la de Tocopilla han sido clave para garantizar suministro continuo en zonas donde las fuentes continentales son escasas o inexistentes.
Asimismo, se han desarrollado plantas con proyección de impacto social más amplio. Un ejemplo reciente es la nueva planta desaladora bajo concesión en la región de Coquimbo, que tendrá una capacidad de 800 L/s y beneficiará a cerca de 540.000 personas en comunas como La Serena, Coquimbo y Ovalle. Esto muestra cómo una infraestructura pensada inicialmente para la industria hoy se ha convertido en una fuente clave de agua para consumo humano.
Desafíos técnicos y ambientales
Si bien las plantas desalinizadoras ofrecen una fuente continua de agua en contextos de sequía, su operación presenta desafíos técnicos significativos. «El agua de mar es uno de los fluidos más agresivos que existen desde el punto de vista químico. Contiene sales, cloruros y compuestos que, si no se controlan correctamente, generan corrosión acelerada, incrustaciones y fallas en equipos críticos como tuberías, bombas y membranas de ósmosis inversa», explica Sergio Cepeda, Líder de la División Minería de Ecolab para Latinoamérica Sur, Centroamérica y Caribe (LASC).
Cepeda agrega que el desafío va mucho más allá de producir agua: «Si una desaladora no controla estos procesos en tiempo real, el riesgo no es solo económico: es sanitario. Una falla puede detener el suministro, afectar la calidad del agua y poner en riesgo a miles de personas que dependen de ella. Por eso, la gestión química y el monitoreo continuo son parte esencial de la seguridad hídrica».
Por otro lado, desde Ecolab recalcan que las desaladoras requiere un proceso exigente a nivel energético. El proceso basado en ósmosis inversa requiere grandes cantidades de energía para bombear y tratar el agua de mar, lo que se traduce en costos operativos elevados y una huella energética importante si no se acompaña de fuentes renovables.
Asimismo, también hay que considerar preocupaciones medioambientales que deben tener un debido control y monitoreo. «La descarga de salmuera residual altamente concentrada es un riesgo al momento de poder impactar en la biodiversidad marina y los hábitats costeros, por lo que se requieren sistemas de gestión de residuos y evaluación ambiental rigurosa para minimizar efectos adversos», admite Cepeda.
Tecnologías de vanguardia como 3D TRASAR™ de Ecolab entregan soluciones justamente para llevar el control, al integrar sensores, análisis de datos y sistemas de dosificación automática en tiempo real, que detectan corrosión, incrustaciones y contaminantes antes de que se conviertan en fallas operativas, reduciendo paradas, consumo de químicos y riesgos para la calidad del agua.
«Cuando hablamos de desalinización, no estamos hablando solo de ingeniería: estamos hablando de garantizar agua segura para personas, ciudades e industrias en un país con un estrés hídrico importante. Cada mejora en eficiencia y control se traduce directamente en mayor seguridad hídrica para Chile y para las comunidades que hoy dependen del mar para acceder al agua que necesitan para vivir.», concluye Cepeda.