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La urgencia de abandonar los modelos tradicionales de TI. Por Claudio Droppelmann, Country Manager de Axity Chile

Durante años, los servicios tradicionales de TI (Tecnologías de la Información) fueron el soporte silencioso de las organizaciones, asegurando continuidad operativa y habilitando procesos críticos. Pero ese modelo llegó a un punto de inflexión. La presión competitiva, la velocidad del mercado y la irrupción simultánea de la automatización y la inteligencia artificial han vuelto insuficiente una lógica basada únicamente en capacidad humana, disponibilidad y horas de servicio.

Hoy, modernizar sistemas legados, eliminar la deuda técnica acumulada y desplegar IA a escala dejó de ser un desafío tecnológico para convertirse en una condición estratégica. Y estos retos no se resuelven sumando más servicios, sino adoptando un cambio estructural que conecte la tecnología directamente con el valor de negocio.

A esto se suma un fenómeno que por años las organizaciones han evitado mirar con claridad: la deuda técnica. Años de entregas rápidas y documentación deficiente han dado origen a sistemas mal comprendidos, falta de visibilidad, arquitecturas que ya nadie domina y una cultura del “parchear en lugar de innovar”. Esta deuda, lejos de ser un tema técnico secundario, se convirtió en un bloqueo real a la innovación, además de incrementar costos de mantenimiento y exponer a las empresas a mayores riesgos operativos. Hoy, enfrentarla no es opcional: es la base para poder avanzar.

Quienes trabajamos en tecnología hemos transitado este cambio desde dentro. Evolucionamos desde un modelo centrado en capacidades especializadas hacia una propuesta modular y automatizada, diseñada para acelerar resultados y reducir fricciones. La tecnología dejó de ser infraestructura y pasó a convertirse en arquitectura estratégica: un sistema que permite responder con agilidad, operar con resiliencia e innovar de manera continua. La modularidad, por ejemplo, permite integrar nuevas capacidades sin interrumpir la operación; modernizar por etapas; proteger inversiones previas; y, sobre todo, ganar velocidad en un entorno donde la rapidez es un activo competitivo decisivo.

La automatización y la IA están transformando la productividad de manera radical. Procesos que antes tomaban semanas hoy pueden resolverse en minutos: refactorización de código, documentación, pruebas automatizadas, análisis de flujos. Esto libera al talento para enfocarse en iniciativas de mayor impacto y acelera la capacidad de las organizaciones para innovar sin incrementar sus costos operativos.

En paralelo, comienzan a consolidarse nuevas herramientas capaces de escanear plataformas completas, identificar deuda técnica y detectar debilidades de seguridad, refactorizando el código para mejorar su mantenimiento y resiliencia. Este tipo de soluciones permite reducir costos entre un 30% y un 50%, y disminuir los tiempos de corrección hasta en un 60%, generando entornos más limpios, modernos y preparados para escalar. Con ello, la innovación deja de depender únicamente del esfuerzo humano y se convierte en un proceso sistemático, sostenible y medible.

La inteligencia artificial, por su parte, se consolida como el componente diferenciador que convierte datos, operaciones y decisiones en ventajas sostenibles. Pero para que ese potencial se traduzca en resultados, debe operar con gobernanza, alineación estratégica y métricas claras, no como esfuerzos aislados o experimentos sin dirección.

Desde nuestra experiencia, los desafíos que definirán la próxima década digital son evidentes: decisiones basadas en datos integrados y en tiempo real; productos digitales resilientes y seguros; modernización del core sin riesgo operacional; reducción de la deuda técnica que frena la innovación; construcción de ecosistemas de ciberresiliencia; automatización y observabilidad proactiva en TI; infraestructuras flexibles preparadas para la nube; redes inteligentes que habiliten nuevos modelos de negocio; y despliegue de IA con retorno medible. Ninguno de estos puntos se resuelve con tecnología aislada; todos requieren visión, liderazgo y una ejecución integral.

La transformación digital dejó de ser un destino y pasó a ser un proceso continuo. Las empresas que prosperarán serán aquellas que entiendan que la competitividad se construye desde la capacidad de adaptarse, automatizar, escalar e integrar inteligencia en cada decisión. En un entorno económico cada vez más desafiante, la velocidad, la disciplina y la consistencia serán, sin duda, la ventaja competitiva más determinante.

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