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¿Por qué en Chile se juega tan poco fútbol?. Por Frano Giakoni Ramírez, director de Entrenador Deportivo UNAB.

La estatal dio a conocer las acciones concretas con las que se ha hecho cargo de las percepciones del impacto de sus operaciones, la manera en la que ha apoyado el desarrollo local y cómo ha promovido un relacionamiento territorial transparente y cercano, con una inversión total superior a los $470 millones.

Cada temporada se repite la misma sensación: largos recesos, fechas suspendidas, torneos comprimidos y equipos que pasan más tiempo entrenando que compitiendo. Cuando se compara el calendario chileno con ligas de Europa o incluso con otros países sudamericanos, la pregunta aparece sola: ¿Por qué en Chile se juega tan poco fútbol?

Si miramos el dato frío, la diferencia es evidente. En ligas europeas consolidadas como la Premier League o La Liga, los equipos disputan 38 fechas solo en torneo local, sin contar copas nacionales ni competencias internacionales. En Brasil o Argentina, los calendarios combinan torneos largos con copas y campeonatos estaduales o regionales, elevando el número total de partidos oficiales por temporada. En Chile, en cambio, el campeonato nacional suele ser más breve, con interrupciones frecuentes por fechas FIFA, problemas de programación, conflictos institucionales o suspensión de partidos por seguridad.

Pero el problema no es solo administrativo. También es estructural. Desde las ciencias del deporte, el rendimiento competitivo necesita continuidad. La literatura en entrenamiento muestra que la exposición regular a partidos oficiales es clave para el desarrollo táctico, la toma de decisiones bajo presión y la consolidación de automatismos colectivos. Un equipo no mejora solo entrenando. Mejora compitiendo.

Cuando los calendarios son fragmentados, se pierde ritmo competitivo. Los jugadores alternan microciclos de alta carga con semanas sin estímulo real de partido. Esto afecta la adaptación fisiológica y también la dimensión psicológica. El fútbol es un deporte de contexto: el estrés del público, la presión del resultado y la incertidumbre del juego no se simulan completamente en la práctica.

Otro factor es el modelo organizativo. La constante reestructuración de torneos, discusiones sobre ascensos y descensos, cambios en formatos y tensiones institucionales han generado inestabilidad en la planificación anual. En países donde el calendario es estable por años, los clubes pueden planificar cargas, refuerzos y procesos con mayor certeza. En Chile, esa previsibilidad no siempre existe.

También influye el número de equipos y la estructura de divisiones. Un torneo más corto implica menos fechas. Si a eso se suman eliminaciones tempranas en copas internacionales, el volumen competitivo se reduce aún más. El resultado es que muchos futbolistas chilenos juegan significativamente menos minutos oficiales que sus pares en ligas de mayor continuidad.

Hay un efecto indirecto que pocas veces se menciona: el desarrollo juvenil. Los jugadores jóvenes necesitan minutos reales para crecer. Si el calendario es escaso y la presión por el resultado es alta, los entrenadores tienden a repetir fórmulas y reducir riesgos. Menos partidos significan menos oportunidades.

Por supuesto, no todo se explica por lo deportivo. La seguridad en los estadios ha obligado a suspender encuentros. Las condiciones climáticas en algunas regiones afectan la programación. Y el tamaño del mercado limita la expansión del torneo. Pero incluso considerando esos factores, la brecha con otras ligas sigue siendo amplia.

La pregunta de fondo es si Chile quiere un fútbol de competencia sostenida o uno de interrupciones constantes. Más partidos no garantizan mejor nivel automáticamente, pero sí generan mayor exposición competitiva, más oportunidades de desarrollo y un producto más atractivo para hinchas y patrocinadores.

Desde la ciencia del rendimiento, el principio es claro: la adaptación ocurre bajo estímulo repetido y contextualizado. En fútbol, ese estímulo es el partido oficial. Si se juega poco, se compite poco. Y si se compite poco, el crecimiento se ralentiza.

El desafío no es solo aumentar fechas. Es ordenar el sistema, dar estabilidad al calendario y comprender que el fútbol moderno exige continuidad. Porque en un deporte donde el ritmo lo es todo, jugar menos casi siempre significa quedarse atrás.

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