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Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo: Entornos laborales seguros y saludables, un derecho fundamental. Por Dra. Doris Betancourt Q, médico miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET)

Cada 28 de abril, en el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, se nos recuerda que proteger la vida y el bienestar de quienes trabajan no es una opción, sino un derecho. Sin embargo, en medio de esta conmemoración, persiste un riesgo silencioso que avanza con rapidez y que aún no logra instalarse con la urgencia necesaria en la agenda: la soledad laboral.

Desde la medicina del trabajo, la soledad laboral no se define por trabajar en solitario, sino por la sensación de desconexión y falta de apoyo dentro del entorno laboral. Es no sentirse parte ni reconocido dentro del equipo. En un contexto marcado por la digitalización y el teletrabajo, esta experiencia se ha consolidado como un riesgo psicosocial emergente. La hiperconectividad, lejos de resolverlo, muchas veces lo disfraza.

La evidencia científica es clara. La soledad laboral se asocia a mayores niveles de estrés crónico, ansiedad, depresión y agotamiento emocional. Pero sus efectos no se limitan a la salud mental: la desconexión social sostenida se ha vinculado también con alteraciones inmunológicas, mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y aumento de la mortalidad prematura. En el ámbito organizacional, esto se traduce en más ausentismo, deterioro del bienestar psicológico y climas laborales más frágiles.

A ello se suma un aspecto crítico: la seguridad. Un trabajador que no percibe apoyo social tiende a perder foco, compromiso y energía en sus tareas. Esto incrementa la probabilidad de errores y accidentes. Además, reduce la disposición a comunicar fallos o pedir ayuda, debilitando las dinámicas preventivas que resultan esenciales para evitar incidentes. La seguridad laboral, por tanto, no depende solo de normas o protocolos, sino también de la calidad de las relaciones humanas al interior de las organizaciones.

Existen factores que intensifican este fenómeno: estructuras jerárquicas rígidas, teletrabajo sin interacción significativa, sobrecarga laboral y entornos altamente competitivos. Algunos grupos enfrentan mayor vulnerabilidad, como trabajadores nuevos, personas en modalidad remota, mandos medios, mujeres en sectores masculinizados, personas con discapacidad o quienes asumen altas responsabilidades de cuidado. En estos casos, la falta de redes de apoyo puede profundizar la desconexión y sus consecuencias.

Frente a este escenario, las organizaciones tienen un rol ineludible. Reconocer la soledad laboral como un riesgo psicosocial implica integrarla en sus diagnósticos y estrategias preventivas. Esto se traduce en acciones concretas: promover liderazgos empáticos, fortalecer la comunicación inclusiva, generar espacios de encuentro no competitivos y fomentar la participación activa. También es clave formar a quienes lideran equipos para identificar señales tempranas de aislamiento y actuar a tiempo.

Hoy, cuando hablamos de entornos laborales seguros y saludables, el desafío es ampliar la mirada. No basta con reducir riesgos físicos si no se abordan aquellos factores invisibles que afectan profundamente la salud y el desempeño. La soledad laboral no es un problema individual: es una señal de alerta sobre cómo estamos organizando el trabajo.

Reconocerla, visibilizarla y actuar en consecuencia es un paso necesario para avanzar hacia espacios laborales que no solo protejan, sino que también conecten, cuiden y sostengan a las personas.

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