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Ajustar el presupuesto, desajustar la dignidad. Por Liliana Cortés, directora social del Hogar de Cristo

Hay decisiones que no se miden solo en cifras, sino en sus consecuencias humanas. El eventual recorte o descontinuación de programas sociales en Chile no es un ajuste técnico más: es una interrupción en trayectorias frágiles, en procesos largos y difíciles que buscan sacar a miles de personas de la exclusión y la pobreza severa.

Durante años, el país ha avanzado —lentamente, pero con sentido— en construir una red de protección para quienes más lo necesitan: niños y jóvenes fuera del sistema escolar, personas en situación de calle, adultos mayores en pobreza, personas con discapacidad. Ese avance no ocurre de un día para otro. Es acumulativo, sostenido, y requiere estabilidad. Por eso, cuando se anuncian rebajas presupuestarias, lo que se afecta no es una línea en un balance: es la continuidad de oportunidades reales de superación y desarrollo.

Programas para la la reinserción escolar, como la modalidad educativa de reingreso, o iniciativas probadas como Vivienda Primero, no son experimentos improvisados. Son respuestas que han demostrado resultados, que han permitido a personas reconstruir sus vidas con dignidad. Reducir su alcance no solo es un retroceso; es también una señal preocupante sobre las prioridades que estamos dispuestos a sostener como sociedad.

Lo mismo ocurre con la atención a personas en situación de calle. Los recursos ya son escasos. Disminuirlos implica asumir —aunque no se diga explícitamente— que veremos más personas durmiendo a la intemperie, más precariedad, más riesgo. Y cuando esas consecuencias se hagan visibles, será tarde para lamentarlo.

Aquí hay un punto de fondo: la pobreza no es solo una condición económica, es una vulneración de derechos. Y cuando el Estado no alcanza, la sociedad civil no puede —ni debe— reemplazarlo. Su rol es complementar, innovar, colaborar. No cargar con aquello que es responsabilidad estructural del país.
Chile no está discutiendo solo cuánto gastar, sino qué tipo de piso de protección social está dispuesto a garantizar. Porque desmontar servicios sin alternativas listas no es eficiencia: es desprotección. Es, en la práctica, “vestir un santo para desvestir otro”.

Aún hay tiempo. El proceso presupuestario abre una oportunidad para dialogar, priorizar y corregir. Pero ese diálogo debe partir de una premisa clara: no se puede construir futuro debilitando las bases que sostienen a quienes ya están al límite. Porque cuando el daño se haga evidente, cuando las muertes evitables o el abandono se vuelvan noticia, la discusión habrá llegado demasiado tarde.

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