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El Asiento Vacío. Por Marcela Espinosa Leyton, académica de Terapia Ocupacional UNAB

En Chile, hablar de “seguridad” nos lleva automáticamente a pensar en el combate de la delincuencia. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana existe un riesgo mucho más grande, silencioso y subestimado: el traslado de niños en vehículos particulares sin la debida protección. Mientras la percepción de inseguridad en las calles aumenta y en los hogares se extreman medidas para prevenir accidentes —como descargas eléctricas, caídas o quemaduras—, el riesgo al interior del automóvil, un espacio familiar y aparentemente controlado, sigue siendo alarmantemente bajo en la percepción de las personas.

Según datos de CONASET, en promedio cinco personas pierden la vida cada día en siniestros de tránsito. A ello se suma que, de acuerdo con un estudio observacional del mismo organismo, en 2024 apenas un 35% de los conductores utilizó sistemas de retención infantil (SRI) al transportar a niños, pese a que su uso es obligatorio por ley. Este dato resulta especialmente preocupante si se considera que, en Chile, los siniestros de tránsito son la primera causa externa de muerte en niños entre 1 y 14 años.

Si las cifras son tan elocuentes y la normativa vigente es clara, cabe preguntarse por qué los adultos responsables del traslado de niños en vehículos motorizados aún no utilizan SRI. Al parecer, el problema no es normativo ni técnico, sino cultural. Existe un fenómeno de “falsa seguridad” en trayectos cortos. Muchos padres argumentan que “van aquí cerca” o que “manejan con cuidado”, olvidando que un impacto a tan solo 50 km/h sin protección puede equivaler a una caída desde un cuarto piso.

En Chile, además, persiste el mito de que “los brazos de la madre son el mejor refugio”. Sin embargo, la física no admite excepciones: ante una colisión, la fuerza de inercia puede multiplicar hasta por 40 el peso del niño, haciendo humanamente imposible retenerlo. Frente a esta realidad, solo un SRI correctamente instalado puede contrarrestar esos efectos, reduciendo entre un 50% y un 80% la probabilidad de muerte, según la Organización Mundial de la Salud.

La evidencia es clara, pero no suficiente. El desafío no pasa únicamente por reforzar la normativa o aumentar las fiscalizaciones, sino por instalar una cultura de seguridad que transforme conductas cotidianas. Así como hoy resulta socialmente inaceptable conducir bajo los efectos del alcohol, debiera serlo también trasladar a un niño sin su sistema de retención adecuado.

Este cambio cultural requiere educación, pero también coherencia en el mensaje público y en las políticas de prevención. No se trata solo de evitar multas o cumplir con la ley, sino de comprender que cada trayecto, por corto que sea, implica un riesgo real.

La seguridad infantil no puede seguir tratándose como un accesorio opcional. Debe ser una prioridad intransable en cada desplazamiento. Porque, al final del día, el asiento vacío no es solo un espacio en el auto: es una señal de alerta sobre un riesgo que como sociedad aún no estamos dimensionando en toda su magnitud.

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