La Guerra del Pacífico suele contarse a punta de batallas, nombres de generales y fechas grabadas en piedra. Entre 1879 y 1884, Chile enfrentó un conflicto que marcó su historia, y en ese relato, por mucho tiempo, pareciera que solo hubo hombres. Pero no fue así. También existieron mujeres. Y no pocas.
Algunas actuaron como espías, moviéndose con sigilo entre información clave que podía inclinar el curso de una batalla. Otras sostuvieron la retaguardia, atendieron heridos, cocinaron y acompañaron. Sin embargo, hay un grupo que incomoda al relato tradicional, porque rompe todos los moldes de su tiempo, me refiero a las cantineras.
Llegaron al ejército por caminos duros asociados al despojo, la soledad o necesidad. Muchas ocultaron su identidad, vistieron como hombres y se mezclaron entre los soldados porque, en un inicio, el ejército simplemente no las reconocía. Con el tiempo, esa realidad cambió a medias, se les permitió pertenecer a los batallones e incluso se les asignó vestimenta… aunque debían ir a la guerra con vestido. Una imagen que hoy parece absurda, pero que entonces fue parte de la norma.
¿Su rol? Secundario en el papel, esencial en la práctica. En plena batalla, entremedio de las balas, ellas corrían entre los heridos, llevaban agua y repartían municiones. Y, cuando la situación lo exigía, tomaban un fusil y combatían. Sin más trámite. Sin permiso muchas veces. Sin retorno, en no pocas ocasiones.
La escena estremece, mujeres avanzando entre humo, bayonetas y gritos, atendiendo a un soldado caído o empuñando el arma de quien ya no podía hacerlo. Varias murieron en combate o fueron capturadas y ejecutadas. Algunas quedaron en el anonimato. Otras lograron inscribirse, aunque brevemente, en la memoria.
Ahí está Irene Morales, quizá la más conocida, quien se enroló haciéndose pasar por hombre, movida no por patriotismo inicial, sino por la necesidad de vengar la muerte de su marido. También Filomena Valenzuela, reconocida por su valentía. Y nombres que hoy apenas se mencionan: Leonor Solar, Rosa Ramírez y Susana Montenegro, entre tantas otras.
Pese a recibir un sueldo, menor que el de los hombres, nunca tuvieron rango militar. Y al terminar la guerra, el olvido fue casi inmediato. Sin pensiones ni reconocimiento, muchas sobrevivieron en la precariedad. La historia oficial, tan cuidadosa para recordar héroes, fue menos generosa con ellas.
Las mujeres en la Guerra del Pacífico no solo acompañaron, desafiaron el orden social de su época y sostuvieron la guerra desde dentro y fuera del campo de batalla. Fueron parte del triunfo. Pero luego, quedaron al margen del relato.
Recordarlas hoy no es un gesto de cortesía histórica. Es, más bien, un acto de justicia. Porque mientras algunos nombres se repiten en bronce, ellas siguen esperando, todavía, un lugar en la memoria.