¿Estar delgado o ir al gimnasio es sinónimo de buena condición física? Desde la Kinesiología, la respuesta es clara: no necesariamente. El buen estado físico va mucho más allá de la apariencia y se relaciona directamente con la capacidad de una persona para desenvolverse en su vida diaria.
“El buen estado físico significa contar con las capacidades necesarias para moverse con seguridad, tolerar esfuerzos, recuperarse adecuadamente y mantener la autonomía a lo largo del tiempo. No se trata solo de cómo nos vemos, sino de cómo funcionamos”, señala el académico Juan Ignacio de la Fuente, de la Escuela de Kinesiología de la Universidad Andrés Bello.
En este sentido, el docente explica que uno de los indicadores más relevantes es la capacidad cardiorrespiratoria, la cual se asocia con un menor riesgo de enfermedades crónicas y menor mortalidad. A esto se suman otros componentes clave como la fuerza y masa muscular, la movilidad, el equilibrio, la estabilidad y el control neuromuscular, todos elementos que, en conjunto, permiten enfrentar de mejor manera las exigencias cotidianas.
El rol muscular
De la Fuente explica que estos factores no solo impactan el movimiento, sino también la salud metabólica. “El músculo cumple un rol fundamental en el control de la glucosa, la sensibilidad a la insulina y el metabolismo general. Por eso, el entrenamiento de fuerza tiene beneficios concretos, especialmente en personas con diabetes tipo 2 o riesgo metabólico”, indica.
El académico enfatiza que el buen estado físico no puede evaluarse únicamente a partir del peso corporal. “Una persona puede no tener una enfermedad diagnosticada y, aun así, presentar baja capacidad aeróbica, poca fuerza o dificultades para realizar actividades diarias.
Incluso dos personas con el mismo peso pueden tener condiciones físicas muy distintas”, advierte.
Desde esta perspectiva, la calidad del músculo cobra especial relevancia. No basta con tener masa muscular, sino que esta sea funcional, es decir, que permita generar fuerza, sostener esfuerzos y responder a las exigencias del día a día.
La salud cotidiana
“En la práctica, el buen estado físico se refleja en acciones concretas como caminar con seguridad, subir escaleras sin fatigarse en exceso, levantarse de una silla con facilidad o mantener el equilibrio”, explica el docente y agrega que “estas capacidades no solo facilitan la vida cotidiana, sino que también permiten sostener la independencia y prevenir la pérdida de funcionalidad con el paso del tiempo”.
“Cuando una persona tiene un buen estado físico, tiene más posibilidades de involucrarse en su entorno familiar, laboral y comunitario. No hablamos solo de rendimiento, sino de calidad de vida, autonomía y participación efectiva en la sociedad”, concluye.