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La paradoja educativa: Leer y escribir para la vida en un escenario de estrechez fiscal. Porr Dra. Steffanie Kloss, académica del Magíster en Comprensión Lectora y Producción de Textos de la Universidad Andrés Bello

La educación chilena se encuentra ante una contradicción evidente. Por un lado, el Ministerio de Educación ha decidido situar la lectura fluida en 1° y 2° básico como eje central de los Planes de Mejoramiento Educativo (PME) para 2026, reconociendo que aprender a leer tempranamente no es solo una ventaja cognitiva, sino el cimiento que permite el desarrollo de otras habilidades y la capacidad de comprender, interpretar y cuestionar el mundo. Sin embargo, esta apuesta -necesaria y bien orientada- enfrenta tensiones en el contexto de las actuales definiciones presupuestarias.

La lectura y la escritura no son metas que se alcanzan en una etapa para luego darse por cumplidas. Por el contrario, son habilidades que se desarrollan de manera continua a lo largo de la trayectoria educativa. La evidencia muestra que alcanzar fluidez en segundo básico, si bien es fundamental, no garantiza por sí sola una competencia lectora sólida en la adolescencia ni en la adultez. Formar ciudadanos críticos implica avanzar hacia niveles de comprensión profunda y literacidad crítica, lo que requiere una enseñanza sistemática de textos complejos en todas las disciplinas y niveles.

Además, lectura y escritura conforman un mismo sistema de desarrollo: no es posible fortalecer una sin la otra. En un contexto educativo y tecnológico cada vez más exigente, estas habilidades sostienen la capacidad de interpretar, argumentar y tomar decisiones informadas. Por ello, su debilitamiento no solo afecta aprendizajes específicos, sino el conjunto de competencias que el sistema busca desarrollar.

En este contexto, promover una cultura escolar comprometida con la literacidad no puede entenderse únicamente desde criterios de eficiencia o pertinencia presupuestaria. Más bien, invita a considerar cómo se priorizan aquellas herramientas que sostienen el desarrollo integral de los estudiantes. La lectura y la escritura no son componentes accesorios del sistema educativo: constituyen su base estructural.

Fortalecer estas habilidades no es solo una decisión técnica, sino una apuesta de largo plazo. Es, en definitiva, la garantía de que nuestros estudiantes no solo adquieran la capacidad de leer, sino que también desarrollen el hábito, el criterio y la voluntad de hacerlo como un ejercicio de autonomía y participación en la vida democrática.

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