El doctor Abraham tenía una trayectoria de compromiso y éxito como cirujano a pesar de sus escasos dos años en el Hospital San Manuel. Estos últimos meses, le había llamado la atención algunas peticiones de su jefatura, dadas con respeto y en un tono amigable, como ingresar información al sistema de registro médico en más de una ocasión, borrando lo anterior y reingresando lo mismo, tenía tanto trabajo en su turno que lo ejecutó rápido y lo dejó pasar.
Poco después tenía agendada una compleja cirugía, su jefe le pidió que se quedara en una oficina descansando, ya que lo veía “agotado”, se sorprendió pues se sentía con energía y bien concentrado, después pensó que tal vez así era y lo aceptó comprendiendo que era una medida precautoria para con sus pacientes. Hizo después turnos normales y de regreso de un reparador descanso, su jefatura le ordenó, con su estilo afable, solo hacer tareas administrativas y algunos procedimientos menores durante su turno, alejado del quirófano.
Sospechó que algo más profundo ocurría, intentó entrevistarse con su jefatura, pero sólo obtuvo excusas por escasez de tiempo, también conversó con sus colegas, pero tampoco encontró respuestas, nadie había notado algo fuera de lo común, “aquí siempre es así, estás exagerando”, fue la frase que más escuchó. Confundido y angustiado, pensó que algo andaba mal en él, nunca se había sentido inseguro en su trabajo y el estrés aumentaba. Optó por callar y reafirmó su tesis de que algo en él andaba mal, dudó en un momento y se le cruzó la idea de denunciar, pero la tradición es que los médicos son ejemplares y nunca en el San Manuel un médico había denunciado una denigración, más bien era al contrario. Le rondaba también la frase que de niño escuchó de su padre “los hombres son fuertes y solucionan solos sus problemas”.
Se propuso superarlo, siguió los consejos de RR.HH.: hizo pausas activas, mildfulness y fue al gimnasio, pero los errores se sucedieron, temía cada vez más por sus pacientes y a fin de año, su jefatura le entregó una evaluación de desempeño lapidaria, con rabia y dolor, dijo adiós a ese quirófano. El sabotaje y las situaciones deshonestas en una relación asimétrica de poder en el trabajo son dimensiones del mobbing tan o más graves que las evidentes, como la violencia, el maltrato y la humillación, ya que se dan de manera soterrada.
Las órdenes absurdas, las tareas contrarias a los principios del trabajador que le ponen en una encrucijada moral o la inactividad forzada, conducen al silencio y al sufrimiento psicológico prolongado, si a esto se suma la naturalización de conductas saboteadoras por parte de los equipos, planes inservibles y paradigmas organizacionales anquilosados, como también los mandatos sociales tácitos de género, se agudiza el sufrimiento y el deterioro del bienestar laboral, aunque la organización cuente con canales formales de denuncia y cumpla las normativas vigentes.
La organización tiene el desafío de repensar sus políticas, sus costumbres, sus estilos comunicacionales, de dirección y decisionales con un pensamiento crítico que movilice acciones que favorezcan una estructura y trabajo saludable, con el bienestar de las personas como centro.