Chile vive un momento de optimismo paradójico. Según la Encuesta de Expectativas 2026 —levantada entre diciembre de 2025 y enero de 2026 por EY, ACAFI y Endeavor—, el ecosistema proyecta una confianza robusta, con calificaciones de 7,0 para emprendedores y un notable 7,3 para el Venture Capital, superando con creces los 5,5 del ciclo anterior. Sin embargo, este entusiasmo comienza a chocar con una brecha de ejecución técnica que todavía limita la transformación financiera y tecnológica del país.
A nivel global, solo el 25% de las organizaciones ha logrado llevar al menos el 40% de sus iniciativas de inteligencia artificial a una fase de producción real. El dato refleja que la discusión ya no pasa únicamente por adoptar IA, sino por la capacidad de integrarla de manera efectiva en la operación diaria de las instituciones.
Aunque la automatización inteligente tiene el potencial de reducir costos operativos entre un 20% y un 50%, en Chile persisten obstáculos estructurales asociados a la confianza digital, la burocracia y la fragmentación operacional, particularmente en el financiamiento de pequeñas y medianas empresas.
La distancia respecto de los referentes internacionales también comienza a hacerse evidente. Mientras mercados desarrollados avanzan con marcos regulatorios consolidados —como el AI Act europeo y modelos de Open Banking plenamente integrados—, en Chile el foco sigue concentrado en la implementación de la Ley Fintech y en materias vinculadas a protección de datos, bajo la Ley 21.719.
En materia tecnológica, las diferencias son igual de visibles. Wall Street y grandes instituciones financieras internacionales ya operan con modelos de «Holding Inteligente», utilizando inteligencia artificial aplicada al análisis financiero, scoring en tiempo real y automatización de procesos de tesorería y cumplimiento. En contraste, parte importante del mercado chileno continúa dependiendo de sistemas «legacy», estructuras antiguas y una baja trazabilidad integral de datos.
Algo similar ocurre en la gestión del riesgo. Mientras a nivel global avanzan modelos de IA explicable capaces de generar análisis predictivos en tiempo real, en Chile persisten dificultades burocráticas para acceder al crédito y una fuerte dependencia de juicios manuales en la toma de decisiones financieras.
En eficiencia operativa, la diferencia tampoco es menor. Los mercados más avanzados avanzan hacia automatizaciones integrales y cumplimiento continuo, mientras el ecosistema local todavía enfrenta fragmentación operacional y dificultades para consolidar información de manera transversal.
Este escenario comienza a justificar la necesidad de avanzar hacia estructuras más integradas, donde la inteligencia artificial deje de operar como un silo aislado y pase a convertirse en una capa transversal de control financiero, reportería inteligente y cumplimiento continuo.
La discusión de fondo parece estar menos en si Chile adoptará inteligencia artificial y más en qué tan preparado está el sistema financiero para implementarla con velocidad, trazabilidad y capacidad real de ejecución.