Cada cierto tiempo aparece en los medios una afirmación que parece rotunda: el uso intensivo de la tecnología no contribuye a que los niños mejoren en lectura, matemáticas ni ciencia. O, en su versión más nociva: la tecnología impide el aprendizaje La frase suena rotunda y parece tener un respaldo en la investigación. El problema es que en realidad dice menos de lo que parece, no se basa de verdad en la investigación, y que al decirlo así, orienta mal una decisión que importa mucho.
Conviene partir por entender de dónde viene la afirmación. En 2015, la OCDE publicó un informe basado en pruebas PISA donde mostraba que los países que habían introducido más tecnología en sus escuelas no habían obtenido mejores resultados. Algunos incluso habían retrocedido. La conclusión del propio informe era cuidadosa: agregar tecnología sin cambiar la pedagogía no produce mejoras. Pero la versión que circuló en titulares fue mucho más simple, y era que la tecnología no sirve. Y esa versión simplificada ha ido instalándose como sentido común.
La propia OCDE ha matizado esa lectura. En PISA 2022, los estudiantes que usaban dispositivos digitales hasta una hora al día con fines de aprendizaje obtuvieron catorce puntos más en matemáticas que quienes no los usaban, incluso después de descontar las diferencias por nivel socioeconómico. Y en un análisis publicado en 2024, la misma organización reconoció que el escenario ha cambiado, y que el uso pedagógico de la tecnología parece haber mejorado, y sus efectos dependen mucho de qué tipo de aprendizaje se mida y de cómo se use.
La razón de fondo de esta rara mejora es bastante simple. Decir que «la tecnología no sirve para aprender» es como decir que «el lápiz no sirve para aprender». La verdad es que depende de qué se haga con él. Un niño que pasa una hora viendo videos sin propósito en una tableta no aprende nada. Un niño que usa esa misma tableta para explorar una simulación interactiva, manipulando variables que no podría tocar de otra forma, sí aprende algo concreto y difícil de aprender por otros caminos. Los dos casos son «uso de tecnología». Pero son cosas tan distintas que juntarlas en una misma estadística produce más confusión que claridad.
Hay un aspecto que casi nunca aparece en este debate y que merece nombrarse. Lo que está en juego no es solo cuántos puntos saca un niño en una prueba. Es también qué tipo de relación con las pantallas construye a lo largo de sus años en la escuela. Un estudiante que durante toda su escolaridad usa dispositivos digitales solo para consumir contenido —ver videos, responder evaluaciones automáticas, recibir materiales ya preparados— aprende a ubicarse frente a una pantalla como receptor. Otro que alguna vez ha usado tecnología para crear, investigar, escribir o construir algo aprende otra cosa muy distinta: que esos dispositivos también permiten producir. Esa diferencia es casi invisible mientras dura la escuela, pero importa mucho cuando el estudiante egresa. Define la imagen que tiene de sí mismo como alguien capaz de hacer cosas con herramientas, y no solo de mirarlas.
Chile lleva varias décadas oscilando entre dos respuestas igualmente pobres frente a este tema. Una ha sido entregar masivamente notebooks o tabletas, sin acompañar esa entrega con la formación pedagógica que justifique para qué se usan. La otra es la sospecha general: como dijeron que la tecnología no servía, mejor evitarla. Ninguna de las dos posiciones responde a la pregunta que verdaderamente importa, que no es si la tecnología funciona o no, sino bajo qué condiciones funciona. Esas condiciones tienen nombre: profesores con tiempo y formación para usarla bien, planificaciones que tengan claro para qué sirve cada herramienta, y un propósito pedagógico que esté antes y no después del dispositivo.
Cuando esas condiciones se producen, la evidencia es bastante consistente: la tecnología ayuda. Cuando no existen, no ayuda y además distrae. Eso no es un descubrimiento sobre la tecnología. Es un descubrimiento sobre la enseñanza. Y mientras el debate público siga preguntando si las pantallas sirven o no sirven, en lugar de preguntar para qué se están usando, seguiremos repitiendo conclusiones aparentemente claras que en realidad están construidas sobre una pregunta mal hecha.