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La crisis emocional en los colegios ya no puede seguir invisibilizada. Por Belén Vitali, Directora Ejecutiva de Appoderado.com

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

En los últimos meses, Chile ha visto cómo la violencia y el deterioro emocional dentro de los colegios dejaron de ser hechos aislados para transformarse en parte de la conversación pública diaria. Agresiones a docentes, estudiantes golpeados, amenazas, crisis de salud mental y comunidades educativas completas funcionando bajo tensión constante comenzaron a ocupar titulares que hace algunos años parecían excepcionales. Pero lo más preocupante es que, pese a la gravedad de las señales, seguimos reaccionando cuando el daño ya ocurrió.

Hoy existe una sensación transversal de desgaste dentro del sistema educativo. Y no solo entre estudiantes. También entre profesores, equipos directivos y familias que sienten que la convivencia escolar se volvió cada vez más difícil de sostener.

Las cifras reflejan esa realidad. Solo en 2025 se registraron más de 22 mil denuncias en el sistema educativo chileno y más del 75% estuvieron relacionadas con convivencia escolar. A eso se suma otro dato alarmante: 4 de cada 10 docentes declara haber sido agredido y muchos reconocen no sentirse seguros dentro de sus lugares de trabajo. Detrás de esos números hay algo todavía más profundo: comunidades educativas emocionalmente agotadas.

Durante años, el debate educacional en Chile se concentró en cobertura, infraestructura, rendimiento académico y digitalización. Sin embargo, hoy el desafío parece mucho más urgente: reconstruir espacios donde las personas puedan convivir, enseñar y aprender con mayor bienestar y confianza. Y eso exige cambiar la forma en que estamos enfrentando esta crisis.

Porque gran parte de los establecimientos sigue operando desde la urgencia. Muchas veces las decisiones se toman desde percepciones, intuiciones o cuando el conflicto ya escaló demasiado. Pero el bienestar emocional también necesita observación, escucha y capacidad de anticipación.

Como sociedad, probablemente hemos normalizado demasiado rápido ciertas señales: el miedo de los docentes, el agotamiento de los equipos educativos, la ansiedad de los estudiantes o la desconexión creciente entre familias y colegios. Y quizás ahí está una de las conversaciones más importantes que Chile necesita abrir.

La convivencia escolar no se resuelve únicamente con sanciones o protocolos. También requiere construir comunidades más conectadas, donde existan herramientas para escuchar mejor, detectar alertas a tiempo y acompañar antes de que las situaciones se vuelvan críticas.

Porque ningún estudiante aprende bien en un ambiente de miedo. Y ningún profesor puede enseñar plenamente cuando siente que está solo. Cuidar la salud emocional de las comunidades educativas ya no puede ser visto como un tema secundario. Hoy es una condición esencial para el futuro de la educación.

 

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