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La Pincoya en disputa: cuando «vivir mejor» se convierte en «poder más». Por Diego Benavente, cientista político y ex vecino y ex funcionario del municipio de Huechuraba

Hay comunas que cambian de administración y apenas se nota. Huechuraba no es una de ellas. Durante doce años —entre diciembre de 2012 y diciembre de 2024— Carlos Cuadrado Prats gobernó este territorio del norte de Santiago como si el tiempo fuera escaso y la audacia, obligatoria. Construyó un Polideportivo, una Piscina Temperada, un Edificio Consistorial nuevo, invirtió más de 6 mil millones de pesos en los establecimientos educacionales municipales y erigió un Planetario comunal fabricado en Estados Unidos e instalado con fondos propios, algo que ningún otro municipio del país se había atrevido a hacer. También dejó en marcha el proyecto del teleférico que conectará Huechuraba con Providencia, obra que tardó siete años en destrabar por resistencias políticas de todo orden. Una comuna que no figura entre las más ricas de la Región Metropolitana, pero que demostró que la voluntad política y la creatividad pueden reemplazar lo que el presupuesto no alcanza.

Pero el legado de Cuadrado no se mide solo en obras. Se mide también en votos. Tres períodos electorales consecutivos construyendo tejido social y político en cada rincón de la comuna terminaron por convertir a Huechuraba en su base más sólida. Cuando en 2025 Cuadrado salió electo diputado por el Distrito 9 —sin ser una figura ampliamente conocida más allá de los límites comunales— fueron los votos de Huechuraba los que sostuvieron su candidatura. Ese capital político no se improvisa: es el resultado de años de presencia territorial, de conocer a la gente por su nombre, de entender que gobernar una comuna no es administrar presupuestos sino construir comunidad. Que todo ese trabajo haya terminado cediendo el territorio a la derecha es, quizás, la derrota más difícil de explicar.

Esta columna nació de una imagen simple: esta mañana pasé frente al Planetario y noté que estaban cambiando su cubierta. Fue la última obra de la administración Cuadrado, y durante todo ese período lució roja. Hoy, un operario sobre una grúa tijera la reemplazaba panel por panel. Nadie sabe aún de qué color quedará. Pero algo es seguro: ya no será roja. Un detalle menor, quizás. Pero en política, los símbolos no son menores: son el primer lenguaje que habla el poder antes de que lleguen las palabras. Pierre Bourdieu llamó a esto violencia simbólica: esa forma de dominación que no se ejerce con la fuerza, sino con los gestos, los colores, los espacios, los nombres. Una dominación que opera precisamente porque parece invisible, porque se disfraza de renovación, de modernización, de simple cambio estético. El Caballo de Troya, como escribí en alguna oportunidad, no llegó con amenazas ni con estruendo. Llegó envuelto en buenas intenciones, con promesas de bienestar y estabilidad. Y una vez dentro, empezó a redecorar.

En octubre de 2024, la centroizquierda local cometió el error clásico de quien se cree dueño del territorio: apostó a una candidata de la continuidad sin haber hecho el trabajo de base, sin partidos políticos comunales realmente activos, con concejales más comprometidos con sus propias redes de poder que con el proyecto colectivo. El resultado fue una derrota que no debería sorprender a nadie que haya caminado la comuna en los meses previos a la elección.

Quien tomó el sillón alcaldicio fue Maximiliano Luksic. Independiente, apoyado por la UDI y Chile Vamos, exdirector ejecutivo de Canal 13, e hijo de uno de los hombres más ricos de Chile. Un nombre que en cualquier otra época hubiera sido impensable en una alcaldía que supo ser bastión progresista. Antes de asumir, Luksic se autodefinió como un «concertacionista de derecha», una categoría que no existe en los libros de política pero que describe con precisión su posición: lo suficientemente cercano al oficialismo como para no ser un adversario declarado, y lo suficientemente crítico como para construir una identidad propia.

Luksic no tiene la verborrea de su antecesor. Cuadrado era un animal político en el sentido más clásico: discurso afilado, presencia constante en el debate público, capacidad para instalar agenda. Luksic es otra cosa. Más medido, más institucional, menos cómodo en el ring de la política contingente. Y, sin embargo, el estilo de Cuadrado parece haberlo obligado: quien gobierna Huechuraba no puede darse el lujo de estar ausente de la discusión pública. El territorio lo exige. Y Luksic, a su manera, ha aprendido a responder a esa exigencia, posicionando temas y defendiendo los intereses de la comuna con una eficacia que no todos anticipaban.

La prueba más clara llegó en mayo de 2026, cuando el gobierno de José Antonio Kast anunció un recorte de 413 mil millones de pesos al presupuesto del Ministerio de Salud —afectando a más de 80 hospitales y programas de atención primaria en todo el país. Como presidente de la Comisión de Salud de la Asociación Chilena de Municipalidades, Luksic fue uno de los primeros en alzar la voz desde dentro del propio bloque de gobierno, advirtiendo que la atención primaria ya estaba al límite y que recortar recursos significaba dejar a los vecinos sin atención médica. No es un alcalde opositor atacando al gobierno: es un aliado que cuestiona, que se para en la vereda del municipio popular para interpelar a La Moneda. Critica la forma, no el fondo. Pide mejor comunicación, no un cambio de rumbo. Y con eso construye capital político a bajo costo.

Aquí es donde la historia se pone interesante. En los círculos políticos se rumorea con creciente insistencia que Huechuraba es solo el primer capítulo de un proyecto mucho más ambicioso: que la alcaldía es la antesala de aspiraciones presidenciales. Si eso es cierto, el experimento tiene una lógica impecable. ¿Qué mejor laboratorio para una derecha que quiere renovar su imagen que una comuna de clase media trabajadora, con historia progresista, servicios públicos de calidad y una ciudadanía que valora la gestión concreta? Gobernar bien Huechuraba y defenderla frente al propio gobierno de tu coalición es exactamente el guión que necesita alguien que aspira a parecer independiente, cercano y capaz. El hijo del grupo Luksic no llegaría a La Moneda desde Las Condes o Vitacura. Llegaría desde una comuna popular del norte de Santiago. Eso, en términos de relato político, vale mucho más que cualquier franja televisiva.

Mientras tanto, la administración sigue avanzando y el contrapeso político brilla por su ausencia. Los concejales no han sabido ejercerlo: su escasa preparación política y su inexperiencia los han dejado sin herramientas reales para interpelar al ejecutivo comunal. Las asociaciones de funcionarios, por su parte, han sucumbido a décadas de falta de renovación, operando de forma silente y cómplice, supeditadas además a procesos institucionales como la discusión de la Planta Municipal, que las ata y las calla justo cuando más se necesita su voz. Y aquí también opera Bourdieu: cuando el dominado percibe mejoras reales en su cotidiano —mejores condiciones laborales, mejor trato— tiende a legitimar el nuevo orden sin cuestionarlo. La violencia simbólica no necesita imponerse; basta con que sea aceptada.

El Planetario sigue ahí. Mismo edificio, misma imponente cúpula, mismo lugar en el mapa. Pero ya no será roja. Bourdieu diría que no hace falta quemar la ciudad para conquistarla: basta con cambiarle los colores hasta que nadie recuerde cómo era antes. La pregunta que queda flotando es sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿cómo la izquierda pierde un territorio que construyó con tanto esfuerzo ante una derecha que aprendió a hablar su idioma? La respuesta no está en Luksic. Está en los partidos políticos que abandonaron el trabajo comunal, en las candidaturas diseñadas en oficinas en vez de en las calles, en las organizaciones sociales que perdieron autonomía.

Huechuraba no es solo una anécdota electoral. Es un laboratorio. Y el color que hoy pintan sobre esa imponente cúpula podría ser el primer afiche de una campaña presidencial.

 

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