Cada 7 de junio, el Día Internacional de la Inocuidad de los Alimentos nos recuerda una verdad muchas veces invisible: los alimentos no solo deben alimentar, también deben ser seguros. La inocuidad alimentaria es un componente esencial de la salud pública, ya que alimentos contaminados pueden provocar enfermedades, hospitalizaciones e incluso la muerte, afectando especialmente a personas mayores, niños, y personas con enfermedades crónicas.
En Chile, el desarrollo de sistemas de control y vigilancia ha permitido importantes avances en esta materia. La implementación de la Política Nacional de Inocuidad y Calidad Alimentaria, junto con el fortalecimiento de instituciones como ACHIPIA y la incorporación progresiva de sistemas preventivos basados en riesgo, han contribuido a mejorar estándares de producción, trazabilidad y fiscalización. También existe una mayor conciencia empresarial respecto del impacto que tiene la inocuidad sobre la confianza del consumidor y la competitividad de los mercados.
Sin embargo, los desafíos siguen siendo relevantes. Persisten brechas importantes entre grandes empresas y pequeños productores o servicios de alimentación que muchas veces carecen de recursos técnicos, capacitación o infraestructura suficiente para implementar sistemas robustos de gestión de inocuidad. A ello se suma el crecimiento de nuevas formas de comercialización, como el delivery y la venta informal de alimentos, que complejizan la fiscalización y aumentan los riesgos sanitarios.
Desde la academia, el desafío es seguir formando profesionales capaces de integrar gestión, ciencia y salud pública, promoviendo una cultura de inocuidad que vaya más allá del cumplimiento normativo. La inocuidad no puede entenderse únicamente como una exigencia técnica; debe asumirse como un compromiso ético con las personas.
Desde el consumidor, también existe responsabilidad. Las decisiones de compra, manipulación y conservación de alimentos influyen directamente en la prevención de enfermedades transmitidas por alimentos. Una ciudadanía informada y consciente es parte fundamental de un sistema alimentario más seguro.
La inocuidad alimentaria ha avanzado en Chile, pero aún requiere mayor articulación entre Estado, empresas, academia y sociedad. La pregunta es inevitable: ¿estamos preparados para construir una verdadera cultura de inocuidad que responda a los desafíos sanitarios, tecnológicos y sociales del futuro?