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Día contra la Falsificación y la Piratería: el Mundial más allá de la cancha. Por Eugenio Gormáz y Matías Selamé, Socio y Asociado del Grupo de Propiedad Intelectual e Industrial de Albagli Zaliasnik (az)

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Al conmemorarse el Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, existe un ejemplo especialmente ilustrativo sobre la importancia de proteger la propiedad intelectual. A medida que se acerca el Mundial de Fútbol 2026, la atención pública se concentra en lo deportivo, pero también comienza a intensificarse un fenómeno menos visible: la proliferación de productos falsificados asociados al torneo.
Se trata de una dinámica previsible. El Mundial no solo aumenta la demanda de camisetas, accesorios y artículos vinculados a las selecciones y marcas patrocinadoras; también transforma ese consumo en algo emocional, urgente y masivo. Millones de personas buscan participar simbólicamente de un evento global y, en ese contexto, la presión sobre el sistema de propiedad intelectual se vuelve particularmente intensa.
Este aspecto resulta evidente en las camisetas de fútbol, probablemente la manifestación más visible de la piratería asociada a los grandes eventos deportivos. Jurídicamente, falsificar no significa inspirarse en un producto original, sino reproducir de manera prácticamente idéntica sus marcas, logos y elementos distintivos con el propósito de hacerlo pasar por auténtico.
Precisamente por ello, la falsificación constituye una de las infracciones más graves a la propiedad intelectual. En muchos casos, las diferencias entre el producto genuino y la copia son imperceptibles para el consumidor promedio, generando confusión y aprovechándose indebidamente del prestigio construido por las marcas legítimas.
Las consecuencias económicas son significativas. Detrás de una camiseta oficial existen contratos de licencia, inversiones en diseño, procesos industriales, campañas de marketing y derechos de explotación de alto valor. Cada producto falsificado que reemplaza una venta legítima desvía recursos desde el mercado formal hacia circuitos ilícitos que se benefician de la reputación ajena sin asumir ninguno de sus costos.
La legislación chilena contempla diversas herramientas para enfrentar este problema. Además de las sanciones penales por falsificación de marcas y vulneración de derechos de autor, la Ley N°19.912 permite suspender en frontera el ingreso de productos falsificados antes de que lleguen al mercado nacional. El marco normativo existe y es robusto.
Sin embargo, la solución no depende exclusivamente de la fiscalización. Existe un factor igualmente importante: el comportamiento de los consumidores. Durante eventos como el Mundial, muchas personas perciben la compra de productos falsificados como una alternativa razonable frente a los altos precios o la escasa disponibilidad de artículos originales. La diferencia de precio, que puede superar ampliamente el 80% entre un producto original y uno falsificado, contribuye a normalizar esta conducta y convierte la piratería en un fenómeno que trasciende la mera fiscalización. Y ahí radica quizás el mayor desafío. La fiscalización puede decomisar toneladas de
mercancía, pero no puede modificar por sí sola la percepción de que adquirir una falsificación es una infracción menor.
La piratería no es un fenómeno periférico, sino una realidad estructural que se intensifica precisamente allí donde el valor económico y simbólico es mayor. El Mundial, probablemente, será su manifestación más visible.

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