Chile lleva décadas hablando de descentralización. Está presente en discursos, programas de gobierno y debates públicos, pero cuando miramos cómo funciona realmente el país, la sensación sigue siendo la misma, y es que demasiadas decisiones, oportunidades e inversiones continúan concentradas en Santiago. Esto no sólo genera desigualdad territorial, también limita el potencial de crecimiento del país, porque mientras seguimos discutiendo cómo mejorar productividad, innovación y desarrollo económico, estamos desaprovechando una enorme cantidad de talento regional.
La pandemia dejó como evidencia que muchas industrias pueden operar perfectamente desde distintos territorios. El trabajo remoto, la digitalización y las nuevas tecnologías demostraron que ya no es indispensable estar físicamente en Santiago para aportar valor, innovar o liderar proyectos. Sin embargo, culturalmente seguimos funcionando bajo una lógica profundamente centralista.
Todavía existen empresas que creen que el talento “más preparado” está en Santiago, profesionales que sienten que deben migrar a la capital para acceder a mejores oportunidades laborales y emprendedores regionales que deben viajar constantemente para poder validar sus proyectos, conseguir financiamiento o ser considerados en conversaciones importantes y eso tiene consecuencias reales.
Las regiones pierden capital humano, liderazgo local y capacidad de emprendimiento. Muchos jóvenes talentosos terminan dejando sus ciudades porque sienten que el crecimiento profesional ocurre únicamente en Santiago y, con ello, el país pierde diversidad, innovación y desarrollo equilibrado.
Ahora lo más paradójico es que gran parte de las industrias estratégicas de Chile están precisamente fuera de la capital. La minería en el norte, por ejemplo, sostiene economías regionales completas y genera miles de empleos asociados a proveedores locales, servicios especializados y cadenas productivas territoriales. Lo mismo ocurre en el centro y sur con sectores como agricultura, salmonicultura, turismo, energías renovables y logística.
Buena parte de la riqueza del país se genera en regiones, pero muchas veces las decisiones y oportunidades continúan concentradas en Santiago y eso, obviamente, también afecta a las pymes regionales: muchas tienen enormes capacidades técnicas, conocimiento territorial y experiencia práctica, pero enfrentan mayores barreras para acceder a financiamiento, redes de contacto, medios de comunicación o conexiones estratégicas.
Por eso la regionalización no puede limitarse a trasladar oficinas públicas o realizar actividades protocolares fuera de la capital, sino que debe convertirse en una estrategia real de desarrollo. Eso implica mejorar la conectividad, fortalecer la infraestructura digital, generar incentivos para la inversión regional, descentralizar recursos y construir ecosistemas de innovación fuera de Santiago, pero también requiere de un cambio cultural profundo.
Necesitamos dejar de mirar a las regiones como espacios secundarios o periféricos. Chile está lleno de talento extraordinario fuera de la capital como emprendedores, profesionales, técnicos y empresas que muchas veces innovan desde contextos mucho más complejos y con menos recursos y es ahí donde existe una gran oportunidad.
Los países que logran desarrollarse de manera sostenible son aquellos capaces de activar múltiples polos de crecimiento, no sólo una ciudad dominante. Chile necesita confiar más en sus regiones, porque el talento ya está ahí , pero lo que falta muchas veces es decisión política, inversión estratégica y voluntad real de descentralizar oportunidades.