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El valor estratégico del sol. Por Nicolás García, gerente general de Energy Holding y director de Solcor

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Cada 21 de junio se celebra el Día Internacional del Sol. La fecha coincide con el solsticio: el día más corto del año en el hemisferio sur y el más largo en el norte. Esta coincidencia es un recordatorio de que el sol es la fuente de energía más constante, ubicua y democrática que existe. Y en Latinoamérica, donde el precio de la electricidad sigue subiendo y la dependencia de combustibles externos es alta, esa constancia tiene un valor estratégico que todavía no aprovechamos del todo.

La electricidad convencional tiene un precio que los consumidores no controlan. Las tarifas se definen mediante procesos regulados y contratos de largo plazo, y se reajustan en función de variables ajenas a la empresa: el costo de los combustibles, el dólar, la inflación, la hidrología y las tensiones geopolíticas que encarecen el suministro. Las empresas pueden optimizar su consumo, pero no pueden influir en la tarifa que les cobran por la energía.

El sol opera bajo una lógica completamente distinta. No se cotiza en bolsa ni se importa desde otros países. Llega todos los días al techo de la empresa más grande del país exactamente de la misma manera que a una pyme familiar en la zona sur. El sol está disponible para todos por igual, sin que nadie pueda acapararlo o encarecerlo.

Lo que sí puede variar es quién tiene acceso a la tecnología para aprovecharlo. Durante años, esa fue la principal barrera: los sistemas de generación solar requerían una inversión inicial considerable que muchas empresas no estaban en condiciones de asumir, por rentable que fuera a largo plazo. Pero actualmente, ese impedimento ha ido cayendo gracias a modelos financieros que facilitan la instalación de paneles solares.

El efecto práctico es significativo: una tarifa eléctrica que era variable y creciente se convierte en un costo predecible y más bajo desde el primer mes, y la empresa deja de estar expuesta a las alzas del mercado. Esta opción introduce además un cambio conceptual relevante: una compañía deja de ser sólo consumidora de energía para convertirse en prosumidora, es decir, en productora y consumidora al mismo tiempo. Una distinción que parece semántica pero que tiene consecuencias reales sobre la autonomía operacional y la estructura de costos.

El solsticio de invierno nos reafirma que Chile provee energía solar durante todo el año y que nuestro país está excepcionalmente dotado para aprovechar esta fuente de manera permanente. Y a medida que la electrificación avanza, la demanda de electricidad seguirá en aumento. Ante la urgencia de descentralizar la generación, reducir la dependencia de grandes infraestructuras y acercar la producción al punto de consumo, el autoconsumo solar es una de las respuestas más concretas y disponibles para este desafío.

El Día Internacional del Sol nos recuerda que su valor no depende de cuántas horas brille, sino de cuánto estamos dispuestos a aprovecharlo.

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