A lo largo de nuestra historia el talento local ha impulsado avances significativos en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Aquí destacan soluciones como la vacuna contra la hepatitis B en 1986, el concepto de autopoiesis creado por los Humberto Maturana y Francisco Varela, o el atrapanieblas para captar agua que ideó el físico Carlos Espinosa en 1960, sólo por nombrar algunos.
Hay un caso aún más emblemático, el trabajo del Dr. Fernando Mönckeberg, fundador del Instituto de Nutrición y Tecnología en Alimentos de la Universidad de Chile (INTA) fue clave en erradicar la desnutrición infantil en el país gracias a un enfoque que fue más allá de lo científico, centrándose en cómo disminuir los índices de mortalidad infantil, con cifras concretas y comprobables de impacto.
Todos estos ejemplos tienen algo común: se trata de conocimiento habilitado para resolver necesidades de las personas en su día a día, demostrando el poder que tiene la ciencia de cambiar vidas y aportar bienestar.
Chile tiene hoy una oportunidad histórica: reconocer que la ciencia y la tecnología son la inversión más rentable que un país puede hacer. La evidencia internacional es contundente: cada dólar invertido en I+D genera en promedio más de diez dólares en beneficios económicos para la sociedad, según estimaciones del National Bureau of Economic Research de Estados Unidos. El conocimiento aplicado a los problemas de la gente es precisamente la columna vertebral del desarrollo.
Nuestro país cuenta con condiciones excepcionales para hacer ciencia. Los cielos del norte concentran una fracción enorme de la capacidad astronómica mundial. Los ecosistemas, desde la Patagonia hasta el desierto de Atacama, son laboratorios naturales irreemplazables. Las reservas de litio nos ubican en el centro geopolítico de la transición energética global. Ese patrimonio natural y científico no es solo una ventaja comparativa: es una responsabilidad. Protegerlo y aprovecharlo requiere conocimiento, y el conocimiento requiere inversión sostenida, instituciones fuertes y una mirada de largo plazo que trascienda los ciclos electorales.
El saber científico es fuente de conocimiento y también de oportunidades, lo que nos invita a pensar estratégicamente. Los países que han logrado transformar su desarrollo son aquellos que entendieron que formar científicos, madurar investigaciones y construir ecosistemas de innovación orientados a resolver las necesidades para el desarrollo del país es una apuesta que vale la pena hacer con paciencia y convicción. Por eso, las políticas de ciencia, tecnología, conocimiento e innovación necesitan continuidad, presupuestos plurianuales y acuerdos más allá de los gobiernos de turno. Hablamos de sentido común estratégico.
Es en este contexto que cobra especial relevancia la entrega de la Estrategia Nacional CTCI 2026 al Presidente José Antonio Kast. El Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para el Desarrollo, ha elaborado esta hoja de ruta precisamente para dar respuesta a esa urgencia: traducir el conocimiento en bienestar, productividad y desarrollo sostenible. Este no es un documento técnico más, es una señal de que Chile puede y debe tomar decisiones estratégicas de largo plazo sobre su futuro científico y tecnológico, conectando la investigación con los problemas reales de las personas, desde la seguridad hídrica hasta la sofisticación productiva, desde la desigualdad territorial hasta la transición energética. La Estrategia es, en el fondo, la actualización de ese mismo impulso que animó a Mönckeberg, a Maturana o a Espinosa: la convicción de que el conocimiento, bien dirigido, transforma vidas.
Los casos locales mencionados al comienzo de esta columna no esperaron condiciones perfectas. Trabajaron con lo que tenían, mirando hacia adelante. Esa es, quizás, la mejor definición de lo que Chile necesita hoy: la voluntad colectiva de invertir en lo que no se ve de inmediato, porque es lo único que garantiza un mañana distinto. La experiencia chilena recuerda que las trayectorias país basadas en la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación se construyen cuando la evidencia orienta decisiones públicas sostenidas en el tiempo. Esa es la trama que convierte el conocimiento en desarrollo.
Chile lo hizo una vez. La pregunta ya no es si puede hacerlo. Es qué nueva trayectoria está dispuesto a construir.