¿Qué ocurre cuando una generación crece cada vez más lejos de la naturaleza? La pregunta parece simple, pero adquiere una relevancia creciente en un contexto donde gran parte de la vida cotidiana transcurre entre pantallas, espacios cerrados y entornos urbanos que limitan el contacto con el mundo natural.
Durante el mes del medio ambiente reflexionamos sobre esta realidad. A menudo se habla de biodiversidad, contaminación o cambio climático, pero con menor frecuencia se recuerda que el medio ambiente no es algo externo a nosotros. Es la red de relaciones que sostiene nuestra existencia y condiciona nuestra salud, bienestar y calidad de vida.
Desde una perspectiva filosófica, pensadores como Baruch Spinoza ya advertían que los seres humanos no estamos separados de la naturaleza, sino que formamos parte de ella. Hoy esa intuición encuentra respaldo jurídico y político. En 2022, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció el derecho humano a un medio ambiente limpio, saludable y sostenible, subrayando que su protección requiere responsabilidad colectiva y participación ciudadana.
Sin embargo, la discusión ambiental también debe considerar una dimensión menos visible: la relación entre el entorno y la salud mental. Muchos adultos conservan recuerdos de una infancia marcada por juegos al aire libre, exploraciones en cerros, playas, plazas o campos. Esas experiencias no solo forman parte de la memoria afectiva; también contribuyen al desarrollo emocional, social y cognitivo.
La preocupación surge cuando observamos que las nuevas generaciones mantienen un contacto cada vez más limitado con esos espacios. En Chile, UNICEF ha advertido un aumento significativo de los problemas de salud mental en niños, niñas y adolescentes durante los últimos años. Aunque sus causas son múltiples, diversos estudios han mostrado que la desconexión con la naturaleza puede afectar el bienestar psicológico y la capacidad de afrontar el estrés cotidiano.
Conceptos como la solastalgia —el malestar emocional asociado al deterioro ambiental— o las ecoemociones permiten comprender que la relación con el entorno tiene efectos concretos sobre nuestra experiencia de vida. Del mismo modo, enfoques como la salutogénesis nos recuerdan la importancia de fortalecer las condiciones que generan salud, sentido de pertenencia y resiliencia.
Por eso, una agenda ambiental contemporánea no puede limitarse a la conservación de recursos naturales. También debe promover ciudades más amigables, espacios públicos de calidad, parques accesibles, educación ambiental y oportunidades reales para que niños, jóvenes y adultos se vinculen con su entorno.
Cuidar la naturaleza no es únicamente proteger los ecosistemas. Es también proteger nuestra salud, fortalecer las comunidades y construir una sociedad capaz de reconocer que el bienestar humano depende, en gran medida, de la calidad de la relación que mantenemos con el mundo que habitamos.