El Día del Asteroide fue establecido en 2016 para conmemorar el evento de Tunguska de 1908, cuando un objeto explotó sobre la taiga siberiana. Unos pocos que vivían en la región vieron el cielo iluminarse y oyeron el estallido, pero no hubo testigos presenciales del impacto. Recién en 1921, científicos rusos confirmaron la devastación provocada, con 80 millones de árboles derribados radialmente en más de 2.000 km², sin ningún cráter. Se cree que fue un cometa o cuerpo de baja densidad que se vaporizó en la atmósfera, generando una onda de choque equivalente a decenas de bombas atómicas. Por fortuna, ocurrió en una zona despoblada.
Por eso la fecha busca concientizar a la población en general, a los políticos y a la comunidad científica sobre el peligro real que representan los asteroides. Aunque no caigan todos los días sobre la Tierra, los cuerpos rocosos que orbitan en la parte interna del sistema solar —asteroides y pequeñas rocas principalmente — tienen cierta probabilidad de impactar nuestro planeta. Las consecuencias dependen del tamaño y pueden ser irrelevantes, como los meteoros que simplemente se queman en la atmósfera sin causar daño apreciable, o pueden ser catastróficas si hablamos de objetos de 10, 100 o hasta 200 kilómetros de diámetro, capaces de generar cráteres, devastación regional o incluso daños a escala mundial, como el impacto que extinguió a los dinosaurios.
La gran mayoría de las veces son partículas que se evaporan en la atmósfera, pero algunas, muy pocas, son rocas que pueden alcanzar zonas habitadas. Y si bien la probabilidad es baja, una vez cada cierto tiempo podría producirse un evento de mayor magnitud, como el de Tunguska. Cabe recordar, por ejemplo, el meteorito que cayó en Rusia hace algunos años, pequeño, pero visible en el cielo y que provocó daños menores. Los eventos del calibre del que extinguió a los dinosaurios, provocado por un meteorito de unos 200 kilómetros de diámetro, son extremadamente improbables, del orden de una vez cada 100 a 200 millones de años.
El verdadero riesgo son los cuerpos más pequeños, capaces de causar devastación regional. Con la tecnología actual, se espera poder detectarlos a tiempo. El Telescopio Vera C. Rubin o LSST escanea todo el cielo cada tres noches, y una de sus tareas centrales es precisamente detectar estos cuerpos menores. Una vez identificados, es posible estudiar su órbita y calcular la posibilidad de impacto. Si ese riesgo existe, hay formas de actuar.
La misión DART demostró que es posible alterar la órbita de un asteroide. Lanzada en 2021 impactó exitosamente en 2022 contra Dimorfos, la luna del asteroide Dídimos. Demostró algo que hasta hace poco era solo teoría y es que es posible alterar la órbita de un asteroide. La sonda se lanzó deliberadamente contra ese pequeño cuerpo y los instrumentos confirmaron que su trayectoria cambió de forma medible. Fue la primera vez en la historia que la humanidad modificó intencionalmente el movimiento de un objeto celeste. Un hito que merece mucha más atención pública de la que recibió.
Por eso, debemos recordar que, por pequeña que sea la probabilidad, existe un peligro real que puede llegar desde el cielo. El que no hubiera pérdida de vidas humanas en el evento de Tunguska fue cuestión de geografía. Si ese objeto hubiera cruzado el cielo sobre Moscú, San Petersburgo o cualquier otra gran ciudad, habría borrado del mapa a millones de personas en cuestión de segundos. Hoy contamos con nuevas herramientas y de nuestra capacidad de monitoreo e investigación dependerá poder continuar en la Tierra, tal como la conocemos.