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Cuatro meses sin celulares y una verdad incómoda: la escuela sola no puede. Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

Han transcurrido cuatro meses desde la entrada en vigencia de la ley que regula el uso de celulares en escuelas y liceos chilenos.

El debate inicial estuvo marcado por las dudas, las resistencias y las advertencias de quienes veían en esta medida una batalla perdida frente a una generación que nació con una pantalla entre las manos. Sin embargo, el tiempo ha comenzado a mostrar algo que parecía olvidado: cuando el celular se guarda, la escuela vuelve a escucharse.

Los primeros balances han permitido observar mejoras en la concentración, una disminución de las distracciones en el aula y, en muchos establecimientos, la recuperación de interacciones que parecían extinguidas. El Ministerio de Educación impulsó esta normativa con el propósito de fortalecer los ambientes de aprendizaje y favorecer una convivencia más saludable (MINEDUC, 2024).

Y aunque sería ingenuo pensar que cuatro meses bastan para resolver problemas acumulados durante años, la evidencia internacional ya advertía que el uso excesivo de dispositivos digitales afecta el bienestar y el rendimiento de los estudiantes (OECD, 2023).

Pero quizás el mayor hallazgo de este tiempo no ocurrió dentro de las salas de clases, sino en los patios. Muchos estudiantes se enfrentaron a una pregunta tan simple como inquietante: “¿Y ahora qué hacemos?”. La interrogante, aparentemente inocente, dejó al descubierto una realidad más profunda. Durante años permitimos que las pantallas ocuparan silenciosamente espacios que antes pertenecían a las conversaciones, al juego, a las amistades y a esa pedagogía invisible que ocurre cuando los niños aprenden a convivir.

Sin embargo, sería un error creer que la tarea termina en la puerta de la escuela. La educación digital comienza mucho antes y continúa mucho después de que suena el timbre. La American Psychological Association (2023) ha insistido en que las familias cumplen un papel decisivo en la construcción de hábitos saludables en torno a la tecnología. Ninguna ley podrá sustituir el ejemplo de los adultos, las conversaciones familiares o la capacidad de enseñar que la vida también ocurre cuando la pantalla se apaga.

Por eso, estas vacaciones de invierno representan una oportunidad extraordinaria. Tal vez sea el momento de recuperar sobremesas sin teléfonos, tardes de conversación, juegos compartidos o simplemente el derecho a aburrirse. Porque el aburrimiento, tan combatido en la era digital, también es una puerta hacia la creatividad, la imaginación y el encuentro con otros.

La escuela ha dado un primer paso. Ahora es el turno de las familias.

Porque el verdadero desafío no consiste en criar hijos capaces de vivir conectados. El desafío es mucho más profundo: formar niños y jóvenes que sepan utilizar la tecnología sin convertirse en sus prisioneros. Quizás, después de todo, el mayor aprendizaje que nos está dejando esta ley sea recordar algo esencial: que las pantallas pueden iluminar nuestros rostros, pero son las relaciones humanas las que verdaderamente iluminan nuestras vidas.

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