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Plásticos y orgánicos juntos: la mezcla que amenaza el reciclaje en las comunas

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En el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico, datos de trazabilidad revelan cómo la contaminación cruzada desde los hogares impide que los residuos se transformen en compost. En un país donde la gran mayoría de la basura termina enterrada en rellenos sanitarios, separar correctamente en el origen es el primer paso.

Cada 3 de julio se conmemora el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico. En Chile, donde cada habitante genera aproximadamente 1,13 kilos de residuos al día, esta fecha conecta con un problema crítico para la economía circular: cuando una bolsa o envase plástico se cuela entre los orgánicos, el lote completo puede perder su valor.

El impacto del plástico de un solo uso es profundo y transversal. Actualmente, se estima que el 89% de los residuos plásticos que se encuentran en el fondo del océano corresponden a artículos de un solo uso, y el 75% de los residuos en las playas chilenas son pequeños plásticos. A nivel domiciliario y corporativo, este mismo problema de contaminación se traslada al compostaje.

«Lo que muchas veces parece un descuido menor —envolver la cáscara de fruta en una bolsa plástica antes de botarla— tiene un costo real al final de la cadena: ese residuo orgánico ya no puede convertirse en compost», explica Constanza Dapueto, Directora Ejecutiva Local Compost. A través de su flota propia, la empresa gestiona estos residuos y entrega informes de trazabilidad que certifican el destino final de cada retiro.

A nivel país, el desafío es estructural. Mientras el 57% de los residuos sólidos domiciliarios en Chile son orgánicos, menos del 1% se valoriza, según datos del Ministerio del Medio Ambiente. La gran mayoría se transforma en basura que termina en rellenos sanitarios, generando metano y grandes pasivos ambientales.

El modelo de Local Compost es una solución local a un desafío global. Los residuos recolectados son llevados a una planta de compostaje industrial que utiliza un sistema de aireación forzada. Este método acelera la descomposición mediante la inyección controlada de aire, lo que permite recibir residuos complejos de manera eficiente, segura y sin malos olores.

No obstante, toda esta logística industrial y tecnológica depende del primer eslabón: la cocina del vecino. Depositar erróneamente envoltorios, elementos plásticos o artículos «biodegradables» no autorizados en el contenedor arruina el esfuerzo colectivo.

Para el equipo de Local Compost, los residuos orgánicos no son basura, son tesoros con un enorme potencial de regenerar la tierra. Reducir la contaminación cruzada y sacar el plástico del balde blanco es una decisión diaria que construye un futuro más limpio y resiliente.

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