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Comer en ausencia de hambre y exceso de peso infantil. Por Valentina Inostroza Académica Carrera de Nutrición y Dietética Universidad de Las Américas, Sede Concepción

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La obesidad infantil constituye una problemática creciente de salud pública. Organismos nacionales e internacionales han alertado sobre las preocupantes cifras de exceso de peso en la población infantojuvenil.

Las causas asociadas a esta enfermedad son ampliamente conocidas; sin embargo, poco se habla de las alteraciones en la conducta alimentaria vinculadas a estímulos externos, emociones negativas, cansancio o aburrimiento en niños, niñas y adolescentes, factores que pueden influir significativamente en su estado nutricional.

A partir de lo anterior, surge el concepto de comer en ausencia de hambre, lo que corresponde a un mecanismo disfuncional de ingesta que ocurre sin la presencia de señales fisiológicas encargadas de regular el apetito. Esto lleva a que la persona consuma alimentos, generalmente de alta densidad energética, frente a situaciones cotidianas que no están relacionadas con una necesidad biológica de alimentación. Este fenómeno genera una activación del sistema de recompensa, favoreciendo el desarrollo de una dependencia alimentaria en la infancia.

Hoy, los tratamientos destinados al control de la obesidad infantil rara vez incorporan evaluaciones que permitan identificar el comer en ausencia de hambre, a pesar de que en Chile existen instrumentos validados para su diagnóstico. Esta omisión podría retrasar de manera importante el cumplimiento de metas. Asimismo, se ha demostrado que esta conducta presenta una prevalencia considerablemente mayor en niños, niñas y adolescentes con exceso de peso.

Por esta razón, existe un importante desafío en el abordaje de la obesidad infantil. El primer paso consiste en visibilizar que esta condición va más allá de la fuerza de voluntad de las personas y que, para regular adecuadamente la ingesta alimentaria, es necesario reeducar al organismo para que emita correctamente las señales de hambre y saciedad.

Aunque se trata de un proceso complejo, puede iniciarse mediante acciones sencillas, como generar espacios de alimentación compartida que permitan disfrutar de la comida, masticar con calma y evitar utilizar los alimentos como premio, recompensa o castigo.

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