Las esporas fúngicas constituyen vectores primarios de numerosas enfermedades vegetales que afectan significativamente el rendimiento, la calidad de la producción y la rentabilidad agrícola, especialmente en contextos en los que las variaciones meteorológicas abruptas y las condiciones microclimáticas favorecen la rápida dispersión de patógenos.
Un investigador de la Universidad de Tarapacá realiza un estudio exploratorio para identificar qué esporas de hongos se encuentran en el aire, transportándose en un clima tan extremo como es el Desierto de Atacama, específicamente en el extremo norte de Chile, caracterizado por ser hiperárido.
Según explicó el profesor del Departamento de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Tarapacá e investigador principal del proyecto Fondecyt Regular “Aeromicología para una agricultura desértica sostenible: monitoreo y evaluación del riesgo en Arica, Chile – AEROMYDA”, Andrés Vélez-Pereira, “hay hongos que utilizan la atmósfera en su ciclo de vida, es decir ellos crecen, se reproducen la mayoria, por esporulación, que es lo que llamamos la espora del hongo. Algunas de estas se transportan por el suelo, otras por medio de animales, a través del agua, y hay algunas que se transportan por el aire. Y en estas esporas aerovagantes se centra este estudio”.
Vélez, quien es Doctor en Ciencias y Tecnología Ambiental, agregó que científicos de la propia Universidad de Tarapacá han identificado bacterias y hongos en el suelo del desierto que generan efectos positivos para la agricultura. “Pero no sabemos si que hongos están utilizando el aire para moverse y que puedan ser dañinos para las plantas”, advirtió.
“Los hongos suelen considerarse los agentes que cierran el ciclo de vida de los nutrientes. Ayudan a descomponer la materia orgánica, la transforman en nutrientes que van al suelo. Pero hay cierto tipo de hongos que en ese proceso ya no son saprófitos, que descomponen materia orgánica, sino que pueden llegar a ser patógenos, y si hablamos de plantas son fitopatógenos. Son hongos que pueden ir en el aire, llegando a nuevas plantas, y en ella hacen su ciclo reproductivo, se comen la hoja o el fruto para crecer y reproducirse. A eso es lo que le conocen como fitopatógeno”, explicó el investigador.
En tal sentido, detalló que por ejemplo “si a una planta de tomate le quitas la hoja, ¿cómo produce energía la planta si ya no puede producir fotosíntesis? Entonces, puede ser que la planta esté viva, pero no produzca un tomate grande, sino un tomate pequeño porque está debilitada. Podemos tener hongos que ataquen l fruto, como en el caso del tomate, que le pasa mucho, y perder el producto pese a que la planta esté aparentemente bien”.
Así entonces, agregó el ingeniero Ambiental y Sanitario, “el proyecto busca mirar qué hay en el aire, qué factores meteorológicos pueden estar influyendo en la presencia de esporas de hongos, en qué época del año están”. Esto permitirá generar información para que los agricultores puedan tomar decisiones respecto de la fumigación para el control de hongos, de acuerdo a la estacionalidad en la que se encuentren presentes y activas ciertas especies.
“Entonces, el agricultor ya no va a echar todo el año el agroquímico, sino justo en los momentos en que hay mayor riesgo de que, por ejemplo, el tomate se pierda por la infección de un hongo. Entre las ventajas hay una ganancia económica, porque ya no va a necesitar gastar tantos recursos en agroquímicos”, acotó. Y añadió que “también hay un beneficio ambiental, ya que al generar menos fumigación habrá menor utilización de agroquímicos que pueden percolar en el suelo, entrar a aguas subterráneas y pueden estar siendo consumidos por las personas sin saberlo”.
“Por eso le llamamos agricultura sostenible, para que el agricultor, desde el punto de vista económico, tenga un mejor resultado, sino que también, ambientalmente, y estamos preservando una actividad económica que, aunque parezca irrisoria en el desierto, es muy importante para Chile, porque nosotros somos la granja agrícola justo en esta época de invierno todo el territorio”, indicó Vélez.
También se proyecta un impacto en otras especies, ya que los agroquímicos “no solo nos afectan a nosotros como humanos, sino también a los insectos, a nuestro ecosistema, un efecto que no conocemos”. Y resulta de importancia para especies únicas en la región y el mundo, por ejemplo, la chinchilla endémica de los Andes centrales, o el colibrí también de esta zona del país.