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Chile también se cuida desde el suelo. Por Pedro Mondaca, Académico investigador Facultad de Medicina Veterinaria y Agronomía Universidad de Las Américas

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Chile habla con frecuencia de agua, bosques, alimentos y cambio climático. Sin embargo, pocas veces se discute sobre el suelo que sostiene todo eso. El suelo no es simplemente “tierra”: es el pilar de la agricultura y la fuente desde donde provienen muchos nutrientes que llegan a nuestra mesa. Su valor va incluso más allá. Después de cada lluvia, actúa como una esponja: infiltra y almacena agua, sostiene bosques y matorrales, retiene contaminantes y alberga organismos esenciales para la vida.

Estos beneficios no aparecen de un día para otro. Un suelo fértil puede tardar miles de años en formarse. Por eso, más que una superficie disponible para usar debe entenderse como un patrimonio nacional: heredado, limitado y esencial para el futuro del país.

En el Día Internacional de la Conservación del Suelo, la pregunta no es solo si conocemos su importancia, sino si actuamos con justicia frente al territorio que recibimos. ¿Estamos conservando los suelos que nos sostienen? ¿podemos decir honestamente que los resguardamos para quienes vienen después?

Los datos muestran que vamos mal. Nuestro país tiene cerca de la mitad de su superficie con algún grado de erosión. Esto significa pérdida de suelo superficial, justamente la capa más fértil: allí se concentra materia orgánica, nutrientes, vida microbiana y capacidad de retener agua. Cuando se pierde, también lo hace la productividad, la biodiversidad, el agua y parte de nuestra seguridad alimentaria.

Esta degradación suele ser silenciosa. Una quebrada erosionada, una ladera desnuda o un suelo agrícola compactado, rara vez generan la misma urgencia que un río contaminado o una nube de humo. Pero sus consecuencias son igual de reales. En Chile central, muchas personas han escuchado que antes había más vegetación y agua. Esos cambios son resultado de decisiones que no siempre consideraron el valor real del suelo.

Pero hoy esas decisiones nos corresponden. Dónde se construye, cómo se produce, qué se planta o cuánto suelo se cubre con cemento, no son acciones banales. Cada una conserva o deteriora una historia natural que tardó miles de años en formarse.

Cuidar los suelos no significa dejar de producir, sino producir mejor. Un agricultor que conserva cobertura vegetal reduce la erosión y mejora la materia orgánica, no solo cuida su predio, cuida al país. Cada ciudadano puede apoyar esas prácticas con sus decisiones de consumo. En casa también se puede actuar: un jardín con vegetación o compostar, son gestos pequeños, pero que multiplicados cambian nuestra relación con el suelo.

Protegerlos es una forma concreta de cuidar Chile. No es una idea abstracta ni una preocupación exclusiva de especialistas. Es una responsabilidad cotidiana, productiva y moral. Si queremos alimentos sanos, agua disponible y paisajes vivos, debemos empezar por mirar bajo nuestros pies.

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