Durante años hemos asociado el estrés laboral a un problema individual. Pensamos que quien está agotado necesita descansar más, organizar mejor su agenda o aprender a manejar la presión.
Sin embargo, la realidad que observo diariamente en organizaciones de distintos sectores muestra algo diferente: el estrés crónico ya no es solo una experiencia personal, sino un fenómeno que está afectando la capacidad de respuesta de equipos completos.
Muchas empresas están enfrentando una paradoja. Cuentan con profesionales talentosos, tecnología disponible y objetivos claros, sin embargo, aun así, perciben una disminución en la velocidad de ejecución, en la calidad de las decisiones y en la capacidad de innovar.
Cuando las personas permanecen durante largos períodos sometidas a presión, incertidumbre y exigencia constante, el sistema de estrés deja de ser una respuesta puntual y adaptativa; y se transforma en un estado permanente. El organismo entra en modo de supervivencia.
Sin embargo, la experiencia muestra que el exceso de control rara vez resuelve el problema. Por el contrario, suele reducir la autonomía, debilitar la confianza y limitar la capacidad de aprendizaje de los equipos.
Quizás una de las preguntas más importantes para las organizaciones actuales es cómo crear las condiciones para que las personas puedan desplegar lo mejor de sí mismas, más que cómo exigir más.