Comenzó a llover sobre la Región de Valparaíso. Para la mayoría, es una noticia propia del invierno. Pero para cientos de familias que lo perdieron todo en el megaincendio de febrero de 2024, cada lluvia vuelve a abrir una herida que aún no cicatriza.
Mientras las autoridades destacan los avances de la reconstrucción y muestran cifras sobre viviendas en ejecución o entregadas, existe otra realidad que pocas veces ocupa los titulares: la de quienes siguen esperando un techo definitivo y, sobre todo, la de quienes jamás podrán reconstruir aquello que el fuego les arrebató para siempre.
María Gloria Pérez, adulta mayor de 69 años que cuida a su madre de 96, explica lo que significa la espera.
«Somos personas de la tercera edad, y necesitamos una casa que no se pase de frío, que no se llueva, un piso que esté parejo, una buena instalación eléctrica. La casa de emergencia se entiende que fue instalada a la rápida. Y por ese motivo, como una medida provisoria, y no una solución definitiva. Por favor, solo sé que nos vamos a mojar»
Porque la reconstrucción no puede medirse únicamente por la cantidad de casas levantadas. También debe medirse por la capacidad del Estado de acompañar a las personas en su dolor, reparar el daño emocional y responder a quienes perdieron a un hijo, una madre, un padre, una pareja o un vecino. Para Gladys Chávez, no se trata solo de lo material.
«Estoy con mucho nerviosismo, ya que hasta el día de hoy estoy viviendo en la casa de emergencia con mi familia. La angustia me atormenta cada día, más ahora con lluvia.
Estamos muy preocupadas con esto del temporal y tratando de mantener la calma, aunque no se puede, pero con la angustia de que no hay soluciones concretas»
Hay familias que hoy enfrentan un nuevo invierno viviendo en condiciones precarias. La lluvia no solo moja lo poco que tienen; también revive el miedo, la incertidumbre y el recuerdo de aquella tragedia que cambió sus vidas para siempre.
Jesús Azócar, perdió tres familiares en el incendio. Sabe lo difícil que es el proceso interior de cada damnificado.
«Este invierno y especialmente este nuevo temporal, nos recuerda que todavía hay dimensiones humanas pendientes, porque no podemos decir que hemos avanzado plenamente mientras muchas personas siguen enfrentando miedo, angustia, precariedad a falta de reparación. Reconstruir no es solo levantar casas, también es hacerse cargo de la vida, la salud mental y la dignidad de quienes todavía esperan una respuesta por parte del Estado»
Resulta legítimo que las autoridades informen los avances alcanzados. La ciudadanía tiene derecho a conocer el estado de la reconstrucción. Sin embargo, esos anuncios no pueden invisibilizar a quienes todavía esperan una solución concreta ni, menos aún, a quienes siguen esperando una reparación que va mucho más allá de lo material. Felipe Olea, abogado de las víctimas aclara que hay dos dimensiones de reparación.
«Este temporal vuelve a recordarnos que el mega incendio no terminó cuando se apagaron las llamas, para muchas familias la lluvia trae miedo, recuerdos y la sensación que aún siguen estando solas frente a las consecuencias de esta tragedia, por eso insistimos en que la respuesta del Estado debe ser integral, vivienda, si, por supuesto, pero también salud mental, acompañamiento, reparación y justicia, con los verdaderos responsables de esta tragedia pagando tras las rejas. La reparación del Estado no termina cuando se entrega una vivienda y que se comprenda que el duelo no tiene plazos administrativos»
Hay personas que nunca volverán a abrazar a sus seres queridos. Para ellas no existe reconstrucción posible en el sentido más profundo de la palabra. Lo único que puede ofrecer la sociedad es presencia, apoyo, justicia cuando corresponda y un compromiso real del Estado, de no olvidar.