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Temporales: cuando la prevención también es una responsabilidad laboral. Por Dr. David González Guzmán, médico del trabajo y secretario general de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo SOCHMET

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Cada invierno, Chile enfrenta sistemas frontales que traen consigo lluvias intensas, fuertes vientos y múltiples afectaciones en distintas regiones del país. Frente a estos eventos, la atención pública suele centrarse en el estado de las rutas, los cortes de energía o el riesgo de inundaciones. Sin embargo, hay un aspecto que muchas veces queda en segundo plano: la protección de la salud de las personas trabajadoras.

Los temporales no solo alteran la rutina laboral, sino que también incrementan significativamente la exposición a riesgos que pueden tener consecuencias graves si no se gestionan adecuadamente.

La prevención frente a condiciones climáticas adversas debe entenderse como una mirada integral, que abarca desde la planificación anticipada de las organizaciones hasta las decisiones cotidianas de cada persona. No se trata únicamente de reaccionar ante la emergencia, sino de anticiparse: revisar el entorno, identificar peligros y adoptar medidas que reduzcan la probabilidad de daño, tanto en el trabajo como en la vida diaria. Entre los principales riesgos asociados a estos eventos se encuentran las caídas por superficies resbaladizas, accidentes de tránsito debido a la baja visibilidad y el mal estado de las vías, y electrocuciones por instalaciones eléctricas defectuosas o expuestas al agua.

Los fuertes vientos, característicos de estos sistemas frontales, representan un riesgo particularmente relevante: pueden provocar la caída de árboles, ramas, cables del tendido eléctrico, letreros, planchas de techumbre y estructuras mal ancladas, así como el desprendimiento de objetos en altura y la proyección de materiales sueltos.

En trabajos al aire libre, como la construcción, la agricultura o el transporte, estos peligros se intensifican, aumentando la probabilidad de accidentes laborales; las labores en altura, con grúas o cerca de estructuras temporales resultan especialmente vulnerables ante ráfagas intensas.

Desde el punto de vista de la salud, los temporales también generan efectos relevantes. La exposición prolongada al frío y la humedad favorece la aparición de enfermedades respiratorias, cuadros gripales y descompensaciones en personas con patologías crónicas.

Asimismo, el estrés asociado a condiciones laborales inseguras, dificultades de traslado o incertidumbre frente a la continuidad del trabajo puede afectar la salud mental de los trabajadores. A esto se suman riesgos vinculados al uso de sistemas de calefacción y dispositivos eléctricos en espacios cerrados. Un uso inadecuado de estos equipos —dejarlos encendidos sin supervisión, cerca de materiales inflamables o sin la ventilación necesaria— puede generar incendios o problemas de calidad del aire interior. Por ello, es recomendable utilizar equipos certificados, mantenerlos en buen estado y asegurar siempre una ventilación adecuada. Estos cuidados aplican tanto en los lugares de trabajo como en el hogar, especialmente cuando se realizan labores remotas durante temporales.

En este contexto, las recomendaciones desde la medicina del trabajo son claras. Las organizaciones deben evaluar la implementación de trabajo remoto cuando sea posible, postergar labores no urgentes y evitar traslados innecesarios, especialmente en horarios de mayor riesgo. También es fundamental revisar techumbres, asegurar el buen estado de las instalaciones eléctricas, fijar o resguardar estructuras y objetos que puedan desprenderse con el viento, y eliminar condiciones que favorezcan caídas.

En el caso de trabajos en exteriores, se recomienda suspender faenas ante lluvias intensas o vientos fuertes, especialmente las labores en altura o con maquinaria expuesta. A nivel individual, las personas trabajadoras también pueden adoptar medidas preventivas que resultan igualmente útiles en la vida cotidiana: utilizar ropa adecuada e impermeable, mantener comunicación constante con sus equipos y familias, revisar el estado de sus hogares y vehículos, asegurar objetos que puedan volarse con el viento, y reportar oportunamente condiciones inseguras.

La cultura preventiva no se limita al horario laboral; se construye con hábitos que protegen a las personas en todos los ámbitos de su vida. Pero más allá de la prevención, es importante recordar que la legislación chilena establece de manera explícita el derecho de los trabajadores a desempeñarse en condiciones seguras. El artículo 184 del Código del Trabajo obliga al empleador a tomar todas las medidas necesarias para proteger eficazmente la vida y salud de sus trabajadores. Asimismo, la Ley N° 16.744 sobre Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales establece un sistema de protección que incluye la prevención de riesgos, la cobertura de accidentes laborales y enfermedades profesionales, y la responsabilidad de los organismos administradores en la gestión de la seguridad. Adicionalmente, el Decreto Supremo N° 594 del Ministerio de Salud regula las condiciones sanitarias y ambientales básicas en los lugares de trabajo, incluyendo aspectos como ventilación, temperatura y seguridad de las instalaciones.

En situaciones de riesgo grave e inminente —como el peligro de inundación o deslizamientos de tierra que comprometan directamente la integridad de las personas—, la normativa reconoce el derecho de los trabajadores a interrumpir sus labores y abandonar el lugar de trabajo, informando de inmediato a su empleador, sin que ello implique sanciones. En caso de incumplimientos, las personas pueden recurrir a la Inspección del Trabajo o a los organismos administradores del seguro de la Ley 16.744 —mutualidades o el Instituto de Seguridad Laboral—, quienes tienen la facultad de fiscalizar y exigir medidas correctivas.

El resguardo de la salud no depende solo de la voluntad individual, sino también del cumplimiento efectivo de estas obligaciones legales por parte de las empresas. En contextos de temporales, anticiparse, conocer los riesgos y adoptar medidas oportunas —en el trabajo y fuera de él— puede marcar la diferencia entre una jornada segura y una situación de riesgo evitable.

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