Desde hace 25 años, la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile ha transformado la historia de niños, niñas y jóvenes a través de la música. Más allá de formar instrumentistas, FOJI ha construido una red humana que une territorios, familias y comunidades en todo el país. Este reportaje recorre el relato de Claudio Pavez, director del Área Musical FOJI, de Loreto Diaz-Vaz, directora del Área de Formación FOJI y de Gabriel Cortés, ex integrante de la Orquesta Sinfónica Juvenil Regional Tarapaca, tres historias que dan cuenta de que la música es una verdadera herramienta de vida.
El 23 de mayo de 2001 se creó la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI). Para llevar a cabo este gran proyecto, se realizó anteriormente un encuentro de orquestas en Concepción, donde el entonces presidente Ricardo Lagos firmó el compromiso que daría vida a la institución. Sobre el escenario había instrumentos, jóvenes músicos, Luisa Durán, primera dama de la época y cofundadora de FOJI, y el maestro Fernando Rosas, quien tenía la convicción de que la música podía cambiar vidas.
Veinticinco años después, FOJI ha formado a miles de becados y becadas en todo el territorio nacional, consolidando una red de músicos, familias y comunidades que sigue creciendo con el tiempo.
Las cifras reflejan esa expansión. En sus inicios, la Fundación contaba con 326 becados. Hoy son 1307 los niños, niñas, adolescentes y jóvenes beneficiados, quienes participan en alguno de los siete elencos y tres ensambles de Santiago, en las quince orquestas regionales y/o en la Escuela de Orquestas.
Un tejido invisible que cubre el territorio
FOJI no nació de la nada. Detrás de la institución existió casi una década de trabajo previo con el Programa Nacional de Orquestas Juveniles, creado en 1992, que sembró agrupaciones en ciudades como La Serena, Valdivia y la creación de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil (OSNJ) en Santiago. De esta manera comenzaron a formarse líderes y sentar las bases de una futura red nacional. Cuando nació la Fundación, lo que hizo fue amplificar un proceso que ya estaba en marcha.
Si algo distingue a FOJI de otras instituciones musicales es su capacidad de construir redes humanas que atraviesan el país. Lo que comenzó con algunas orquestas regionales terminó convirtiéndose en un ecosistema cultural presente en todo Chile.
Claudio Pavez, director del Área Musical de FOJI, describe este fenómeno con claridad: “Niños que son de Coyhaique después se vinieron a estudiar acá (Santiago), fueron miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de FOJI, se formaron como músicos profesionales, y luego volvieron a su región a fundar orquestas. Es un tejido que es invisible a los ojos de la mayor parte de la gente”, dijo.
Antes de la existencia de FOJI, la presencia orquestal en zonas extremas era escasa. Hoy, por ejemplo, solo en Coyhaique existen cerca de una docena de orquestas. El modelo impulsado por la Fundación no solo formó músicos, sino también directores, profesores y gestores culturales que regresaron a sus territorios para multiplicar lo aprendido.
Fernando Rosas, el fundador que supo transmitir una misión
Para entender FOJI es imposible no hablar de Fernando Rosas, el hombre que imaginó y levantó este proyecto. Loreto Diaz-Vaz, directora del Área de Formación, fue becada en los primeros años de la institución, llegó desde Valdivia para integrarse a la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil y más tarde terminó trabajando junto al fundador.
Su recuerdo de Rosas retrata el tipo de liderazgo que marcó los primeros años de la Fundación. “Era muy power. Ya su vozarrón te generaba respeto. Pero era muy cercano, muy cariñoso, muy preocupado. Generaba mucho compromiso y mucho vínculo con la gente a su alrededor. Siempre estuvo muy convencido de que esto valía la pena, y eso lo transmitía muy bien a los equipos, a los profesores y a los músicos”, recordó.
Diaz-Vaz también lo describe como una persona capaz de sacar lo mejor de cada equipo y de involucrarse completamente en cada proyecto. “También era muy bueno para la talla, nos reíamos mucho con él”, agregó entre risas.
Fernando Rosas falleció en 2007, apenas seis años después de la creación de FOJI. Sin embargo, el proyecto continuó creciendo y fortaleciendo una visión que sigue presente en cada orquesta y en cada generación de jóvenes músicos. “Fue una muy bonita experiencia. De verdad aprendí muchísimo. Agradezco haber tenido la oportunidad de trabajar con él”, afirmó Diaz-Vaz.
Más que un semillero de músicos, una herramienta de vida
Uno de los errores más comunes es pensar que FOJI existe únicamente para formar músicos profesionales. Su impacto va mucho más allá. “Hacemos seriamente todo lo posible por entregar una formación de excelencia, pero la Fundación no busca precisamente eso. Tenemos niños que después estudian astronomía, biología, matemática o ingeniería. Hacer música entrega hábitos, dedicación y profundidad. Es como un atleta olímpico, pero que juega en equipo”, explicó Claudio Pavez.
La historia de Gabriel Cortés, ex becado de la Orquesta Sinfónica Juvenil Regional de Tarapacá, refleja esa dimensión formativa. Este año obtuvo puntaje nacional en la PAES y comenzó a estudiar Ingeniería Civil Mecánica en la Universidad de Santiago.
Para él, la música siempre fue un espacio de equilibrio frente a las exigencias académicas. “Tocar era olvidarme del Preuniversitario, la PAES y el colegio. Aunque fueran ratos cortos, siempre me servían para despejarme y volver con más energía”, contó.
Gabriel no planea dedicarse profesionalmente a la música, pero asegura que no habría podido alcanzar sus metas sin la Fundación. “En FOJI siempre teníamos jornadas los sábados y domingos, que para el resto son días de descanso. A veces estaba cansado, pero uno busca cumplir, busca ir y estar con la mejor disposición. Al final se trata de ser responsable no solo conmigo, sino también con los demás”, afirmó.
Ese aprendizaje se lo inculcó Bernardo Ilaja Valdivia, profesor de su colegio y también director de la Orquesta Sinfónica Juvenil Regional de Tarapacá, quien le enseñó que la música es una herramienta de vida, pues forma constancia, resiliencia y trabajo en equipo.
Un modelo único en el mundo
El Ensamble de Bronces de la Escuela de Orquestas se presentó en el GAM el 2025. Uno de los pilares de FOJI es la Escuela de Orquestas, un programa de formación que se diferencia de los modelos tradicionales de enseñanza musical. La lógica no está puesta únicamente en avanzar de nivel técnico, sino en acompañar el desarrollo integral de cada estudiante.
Este enfoque considera apoyo psicosocial y un seguimiento cercano de los becados y becadas. Profesores y equipos conocen sus historias, contextos familiares y procesos personales. “Uno puede darse cuenta cuando un niño llega más triste, cuando algo le pasa o cuando está especialmente contento. Esa atención no se da en muchos lugares”, señaló.
Además, los programas de la Escuela de Orquestas alcanzan distintas regiones del país mediante clases online, permitiendo que estudiantes de zonas alejadas accedan a formación especializada.
Otro rasgo distintivo es la edad de ingreso. FOJI ha desafiado la idea tradicional de que un niño debe comenzar a estudiar música recién a los ocho o nueve años. “Tenemos contrabajistas de cuatro años. Yo creo que es bien inédito y ha sido maravilloso. Ver a estos niños tan pequeños logrando cosas que a lo mejor uno logró a los diez hace visualizar un futuro precioso para ellos”, comentó Diaz-Vaz.
FOJI y las familias, una transformación que va más allá del escenario
El impacto de FOJI no termina en quienes toman un instrumento. También transforma familias completas y fortalece vínculos comunitarios. Loreto Diaz-Vaz lo observa constantemente en los conciertos. “Uno ve las caras de orgullo de esos papás y mamás, y de verdad siente que todo vale la pena. Son tantas cosas asociadas: el sacrificio de venir a clases, esperar, ensayar en la casa, cuidar el instrumento. Y después uno ve esas caras de orgullo”, señaló.
Muchas familias llevan años vinculadas a la Fundación. Algunas comenzaron acompañando al hijo mayor y luego continuaron con los hermanos menores. Con el tiempo, la institución termina convirtiéndose también en una comunidad de apoyo y pertenencia.
Gabriel Cortés, que dejó Iquique para venir a estudiar a Santiago, sabe que la música seguirá formando parte de su vida. Ya comenzó a buscar espacios donde seguir tocando, aunque no estudie música profesionalmente. Y aunque reconoce que extrañará los ensayos y los conciertos, lo que más le duele dejar atrás son las personas: sus compañeros, profesores y amigos de la orquesta.
Su mensaje para quienes están comenzando en FOJI es directo y sentido: “A los niños y niñas de FOJI les digo que aprovechen y disfruten lo que es la Fundación, porque es una instancia donde uno aprende mucho y comparte mucho. Hay profesores súper buenos, apoyo psicosocial, siempre están dispuestos a ayudar. Al final, uno extraña”.
A 25 años de su fundación, FOJI sigue siendo ese puente que describió Claudio Pávez: no el final del camino, sino el tramo que une el sueño de un niño en Tarapacá con un escenario en Santiago, el esfuerzo de una familia en Coyhaique con una orquesta que recorre el mundo, la disciplina aprendida un sábado de ensayo con el hábito que después sostiene una carrera universitaria.
La música, en manos de FOJI, nunca fue solo música. Fue constancia, fue comunidad, fue la herramienta silenciosa detrás de miles de historias que el país todavía no termina de conocer. Y si los primeros 25 años son algún indicio, lo que viene suena mejor que nunca.
FOJI cuenta con financiamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.