Mientras el viento golpea techos y muchas familias duermen a oscuras, hay una escena que se repite en silencio. Una madre acerca a su hijo a su regazo para calmarlo. En medio del miedo, el frío y la incertidumbre, ese gesto es alimento, pero también consuelo, calor y seguridad para quien recién empieza a conocer el mundo.
La primera infancia no espera a que pase el temporal. Se construye día a día, también en medio de la emergencia. Cuando escasea el agua, se corta la luz o las rutas se cierran, preparar fórmula con agua segura y contar con los medios para calentar un biberón puede transformarse en un desafío. La leche materna, en cambio, está siempre disponible y lista para alimentar, incluso cuando todo lo demás falla. No solo entrega nutrición. También brinda protección, fortalece el apego y ofrece contención en uno de los momentos más vulnerables.
Además, contribuye a disminuir el riesgo de enfermedades justo cuando el sistema de salud enfrenta una mayor presión: sostiene emocionalmente a un hijo que no tiene cómo entender lo que pasa en un temporal.
Por eso, este también es un tema de salud en todas las políticas públicas. Implica pensar en el bienestar de los más pequeños al diseñar un albergue, habilitar espacios adecuados para amamantar y capacitar de manera permanente a quienes lideran la respuesta frente a una emergencia. A las puertas de agosto, Mes de la Lactancia Materna, vale la pena preguntarnos: ¿estamos cuidando también al más pequeño de la casa y a la madre que lo sostiene?
Siempre habrá matices que abordar en esta materia, por ejemplo; para aquellas mujeres que por situaciones particulares abordan la lactancia incluyendo fórmula, por ello, siempre es bueno intencionar estas conversaciones en la familia y también en instituciones público-privadas que, sin duda, trasciende generaciones.