Especialista alerta que el reconocimiento temprano de los síntomas es la delgada línea entre la vida, las graves secuelas que deja una discapacidad adquirida o la recuperación.
El cerebro humano tiene su propio enemigo implacable: el tiempo. Cuando una arteria cerebral se obstruye o se rompe, interrumpiendo el flujo vital de oxígeno y nutrientes, se desencadena un ataque o accidente cerebrovascular (ACV). A partir de ese instante, cada segundo cuenta para evitar una pérdida trágica e irreversible en el sistema nervioso.
La advertencia médica es categórica: ante un ACV, la espera es el peor error. Las cifras en Chile configuran un escenario crítico: esta patología se mantiene como la segunda causa de muerte en el país y la principal razón de discapacidad adquirida en adultos. El impacto anual es masivo, registrándose entre 30.000 y 40.000 nuevos casos, lo que equivale a una incidencia cercana a 150 episodios por cada 100.000 habitantes, y el lamentable fallecimiento de casi 10.000 personas al año.
El neurólogo vascular y expresidente de la Asociación Chilena de Enfermedades Vasculares Encefálicas (ACEVE), el doctor Víctor Hugo Navia, advierte sobre esta preocupante tendencia de esta crisis de salud. «El impacto del ACV continúa creciendo debido al envejecimiento de la población y al aumento de enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes y la obesidad».
A este mapa de riesgo se suman el colesterol elevado, el tabaquismo, el sedentarismo, los problemas cardíacos y el consumo excesivo de alcohol y drogas. Sin embargo, hay una ventana de esperanza, ya que «se estima que cerca del 80% de los ACV podrían prevenirse mediante un adecuado control de estos factores, sumado a la adopción de hábitos de vida saludables», enfatiza el especialista.
El enemigo es el tiempo: síntomas fulminantes
El gran desafío del ACV radica en su naturaleza intempestiva. El doctor Navia lo define claramente como «un cuadro de inicio brusco; los síntomas más frecuentes son la desviación de la cara, la pérdida de fuerza de un brazo o una pierna, la dificultad para hablar. También puede presentarse visión borrosa o doble, brusca pérdida del equilibrio o un dolor de cabeza muy intenso».
Ante cualquiera de estas señales, la instrucción es no esperar a que los síntomas cedan por sí solos, ya que «por cada minuto que un ACV isquémico permanece sin tratamiento, se pierden, en promedio, 2 millones de neuronas. El tiempo es cerebro; cada minuto que pasa sin tratamiento aumenta el daño cerebral», destaca el doctor Navia.
La velocidad de reacción determina el futuro del paciente. Si la atención se retrasa, las consecuencias pueden ser devastadoras, provocando la muerte o secuelas graves, tales como parálisis, problemas para caminar, trastornos del habla o pérdida de la autonomía. No obstante, el neurólogo rescata que un abordaje precoz y una rehabilitación oportuna elevan drásticamente las probabilidades de sobrevivir con las menores secuelas posibles.
La vanguardia del tratamiento: tecnología y rapidez
El estándar de oro en la medicina actual combina la urgencia diagnóstica con intervenciones de alta complejidad. «El mejor tratamiento es siempre el que se administra lo antes posible. La combinación de un diagnóstico rápido, trombólisis cuando está indicada, trombectomía en los pacientes elegibles y atención en una Unidad de ACV representa hoy el estándar de tratamiento», explica el profesional de la salud.
Uno de los hitos más revolucionarios en la medicina moderna es la trombectomía mecánica, un procedimiento avanzado que consiste en «introducir un catéter por una arteria, habitualmente desde la ingle o el brazo, hasta llegar al vaso cerebral obstruido para retirar el coágulo y restablecer el flujo sanguíneo», comenta el doctor Navia, una técnica que ha transformado la recuperación funcional de quienes sufren oclusiones de grandes arterias cerebrales.
Asimismo, la estrategia de TeleACV ha roto las brechas geográficas en el territorio nacional mediante la telemedicina. «Un neurólogo puede evaluar al paciente en tiempo real, revisar las imágenes, confirmar el diagnóstico. Esta estrategia ha demostrado disminuir los tiempos de atención y aumentar el acceso a tratamientos de reperfusión, especialmente en zonas alejadas de los grandes centros urbanos», señala el especialista.
El avance médico y tecnológico es evidente, pero la llave del éxito sigue estando en las manos del entorno del paciente. «Reconocer los síntomas y acudir de inmediato a un servicio de urgencias puede significar la diferencia entre una recuperación completa, una discapacidad permanente o incluso la supervivencia del paciente», concluye el neurólogo.