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Cazadores de lo maravilloso: Diecinueve años leyendo entre líneas en el Teatromuseo del Títere y el Payaso

A diecinueve años de su creación, el Teatromuseo del Títere y el Payaso ha construido mucho más que una cartelera. En un contexto donde la cultura vuelve a enfrentarse a restricciones presupuestarias y a la necesidad constante de justificar su existencia, este espacio defiende el humor, la investigación y el asombro como formas de comprender el mundo. Plan de Gestión financiado por el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, Convocatoria 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

  1. El umbral de lo real

La primera vez que entro al Teatromuseo del Títere y el Payaso me maravillo porque es muy grande. Creo que lo estoy mirando con los ojos de quien fui. No estoy habitando una temporalidad lineal; aquí se pierden algunas cosas del tiempo que conozco. Entre ellas, los miedos que alguna vez podrían haberme provocado los objetos inanimados. Aquí eso no existe. Todo tiene vida y dialoga con las personas que vienen a convivir entre estas paredes.

Entiendo que, para quienes conforman el Teatromuseo del Títere y el Payaso, y quienes comparten el amor por el oficio de la marioneta, el payaso, y las artes escénicas, esta vida está llena de sentidos. Los objetos no son solamente objetos. Dialogan con la felicidad y la tristeza, con preguntas que ahora me hago a diario. Entrar a este refugio me hace sentir más cerca de algo profundamente real que de algo ficticio, aunque se relacione a ello lo imaginario y el mundo de la fantasía.  Plan de Gestión financiado por el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, Convocatoria 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Ese sentimiento es lo que habita este lugar. No la realidad como lo evidente, sino de lo genuino: la compañía, el trabajo colaborativo, la familia. Nadie lo dice de manera explícita al inicio, sin embargo, estas instalaciones son un hogar.

  1. Las reglas de esta casa

Toda casa tiene reglas. En una casa ajena nos pedirían que por favor mantengamos la espalda recta en la silla, nos hablarían de no sorber el café, mantener la compostura. Si somos niños, muchas veces aprendemos a guardar silencio. En este lugar se arma y desarma. Se crean historias, nuevos comienzos. Comienzos ya tejidos, pero además nacimientos.

Este hogar fue durante años la capilla San Judas Tadeo, y al igual que las otras casas que habitan el cerro Cárcel de Valparaíso, también recibe la luz de distinta manera según la hora del día. Pero hay un calor que no depende del sol. Aquí el silencio inicial aprendió a convivir con la carcajada y lo cálido comenzó a venir de otras fuentes: de los pasos de las personas que hace diecinueve años comenzaron a levantar cimientos para que el Teatromuseo del Títere y el Payaso lograra albergar la imaginación.

Ninguna casa se construye por casualidad, y antes de existir como la fundación que es ahora, en donde payaso y marioneta conviven, el Teatromuseo se levantó desde la ausencia de escenarios en que estas disciplinas pudieran coexistir. Se observaban en reducción de sus posibilidades. Antes del sueño hubo una necesidad. Y antes del espacio hubo una ausencia.

Vistos desde una lógica más cercana al entretenimiento infantil que al lenguaje escénico, se lograban encontrar muy pocas oportunidades dentro de las carteleras tradicionales. Por lo que para Víctor Quiroga y Paulina Beltrán, fundadores del Teatromuseo, surgió una necesidad clara: había que construir un escenario propio para salir del espectáculo relacionado netamente a la infancia.

«Las salas no nos programaban, porque no éramos teatro (…). Nosotros fuimos temáticos y estábamos volviendo a la democracia. No había mucho estudio en torno al humor porque estaba instaurada la desconfianza y el deshumor”, dice Victor.

Aunque este relato parte desde la existencia material del espacio del Teatromuseo, la verdad es que la dificultad no era solamente armar un escenario sobre el que se pudiera exponer el arte del payaso y el títere. También constaba en defender una forma de expresión que, hasta el día de hoy, busca reconocimiento dentro del campo artístico y la academia. El humor, en ese contexto, debía recuperar un lugar dentro de la reflexión, encuentro y pensamiento.

La búsqueda y consolidación del proyecto, se comenzó a acompañar de una necesidad aún más amplia: reunir a quienes compartían este oficio en Valparaíso. Así, el Teatromuseo no solamente ha dialogado como una plataforma de exhibición con su entorno, sino como una escuela de encuentro, creación y, sobre todo, investigación y profesionalización. Según recuerda Víctor:

«Los primeros años casi actuábamos nosotros nomás y con algunos amigos. Entonces entendíamos que debíamos estar siempre: sábado, domingo, sábado, domingo, sábado, domingo«.

El trabajo y la constancia fueron factores fundamentales para la construcción de esta casa. Antes de convertirse en una institución con trayectoria, fue una obra sostenida por la filosofía de la voluntad, además de la convicción de que la comunidad se fortalece en el momento en que se encuentra.

Esa misma convicción explica que, casi dos décadas después, el Teatromuseo siga entendiendo su trabajo no solamente como la presentación de espectáculos, sino como un espacio para investigar, aprender y compartir conocimiento.

Para Quiroga, el impacto del Teatromuseo nunca ha estado asociado a transformaciones inmediatas, sino a pequeños movimientos capaces de modificar la forma en que las personas se relacionan con el arte y encuentran en él un sentido.

“A fin de cuentas nosotros no queremos cambiar el mundo, pero creemos que al menos lo vamos movilizando a medida que vamos haciendo cosas”.

Luego de diecinueve años un espacio que ha dialogado con la comunidad y dado cancha a la identidad de artes representativas de nuestro lugar en el mapa, como son el payaso, la marioneta y las máscaras, ha consolidado un legado patrimonial que dialoga directamente con la infancia, pero también con el imaginario que muchos de nosotros conservamos en la adultez.

  1. Seguimos viendo lo maravilloso: leer entre líneas

¿Qué es lo que podría perder una comunidad cuando deja de tener espacios para imaginar?

La pregunta adquiere resonancia distinta en un momento en que la cultura vuelve a enfrentar discusiones sobre financiamiento y prioridades. Cuando los presupuestos se reducen, lo primero que suele ponerse en duda es lo que parece tener un impacto difícil de medir. Sin embargo, espacios como el Teatromuseo recuerdan que también existen formas de desarrollo que no caben en una planilla de cálculo.

Cuando algo se nutre de dedicación, hay responsabilidad en habitarlo. Por ello, las reglas del Teatromuseo no son las de una casa común, no tienen que ver con guardar silencio. Tienen que ver con cuidar aquello que ocurre dentro. Con el tiempo entendí que nadie parecía preocupado de la postura en la mesa o el volumen de las conversaciones. Aquí las reglas eran compartir el conocimiento, cultivar sentido del humor y ejercer el oficio de manera responsable.

En Dar vida y risa al mundo, publicado en 2017 por la Fundación Teatromuseo del Títere y el Payaso, Javiera Silva Ábalos documenta los fundamentos teóricos y la trayectoria que han sostenido el proyecto desde sus primeros años:

«Llegamos a tres pilares fundamentales para la Fundación: el modo horizontal de compartir conocimiento; el sentido del humor, para crear un campo fértil; y ser profesionales”.

Lejos de contraponerse, las reglas y la creación dialogan gratamente entre sí, por ejemplo, según explica Víctor, el humor no es necesariamente sinónimo de improvisación, al contrario, comenta que la imaginación requiere mucho de disciplina. “Si quieres escribir, probablemente tengas que leer. Si trabajas con tu cuerpo, debes cuidarlo. Si trabajas con la voz, debes entrenarla”.

Esta misma constancia y dedicación es lo que ha mantenido la fortaleza. Pudiendo ser monótono, la creatividad lo dota de nacimientos y humedad. Conversando con Víctor es cuando entiendo las reglas de esta casa: «La horizontalidad de las relaciones es un acto político. Que haya sentido del humor dentro de ellas también lo es. Donde hay humor, hay humedad; y donde hay humedad florecen las cosas”.

Hablar de la humedad cambia por un momento el significado de esa palabra, porque ya no se trata de las estaciones ni del agua, sino una forma de convivencia. La humedad es el espacio donde las ideas encuentran su curso, donde las personas pueden equivocarse, crear y sorprenderse. Quizás por eso el Teatromuseo insiste tanto en el humor, no solo como un fin, sino como la condición que mantiene fértil el terreno donde nacen tantas cosas.

Hoy, cuando reflexionamos en torno a su cumpleaños número diecinueve, pensamos que hace casi dos décadas dos personas con un sueño quisieran construir un lugar en donde la comunidad artística, antes de producir obras y pensar en llenar funciones, pudiera reunirse y relacionarse horizontalmente para crecer y dejar entrar lo maravilloso.

“Con los años uno va filtrando, pero pareciera que también nos educan para dejar de hacerle caso a lo maravilloso. Mejor creer en lo concreto, en lo real. Nos dicen que no existe el Viejo Pascuero, que no existe el Conejo de Pascua, que no existe el Hada de los Dientes. Solo importa lo tangible, lo científico, lo comprobable. Eso es lo que tiene peso…”

Tal filtro, pareciera ser un músculo que se va ejercitando, al igual que la imaginación, la creatividad y la precisión de crear algo que logre maravillar a las personas. Pasan los años y aunque las dinámicas pudiesen parecer repetitivas, el equipo ha descubierto y afinado cada vez más, lo intuitivo. “Independiente de la edad que tú tengas, vas desarrollando un mundo maravilloso… la idea es cómo descubrir dentro de la realidad que existen paralelamente mundos maravillosos. Cada vez me voy sorprendiendo más”.

Con los años, la misión del Teatromuseo dejó de ser únicamente programar funciones. También comenzó a investigar, documentar y preguntarse por el plano que ocupan el humor y el teatro en la sociedad.

«Con los años uno va ganando espacio en la vida cuando sigue siendo capaz de leer entre líneas. Tomas un libro, escuchas una frase, lees una noticia y sientes que algo sucede. Lo maravilloso siempre está escondido».

Quizás investigar no esté tan lejos de aprender a leer entre líneas. Descubrir aquello que permanece oculto, entrenar la intuición y resistirse a la idea de que solamente importa aquello que puede comprobarse o medirse.

«Siempre les digo a mis estudiantes que un payaso entra al escenario siguiendo una mariposa. Todo lo que hace, incluso cuando tropieza o rompe algo, ocurre porque sigue esa mariposa (…) cuando uno descubre cuál es su mariposa, aunque muchas veces solo la intuya, todo empieza a tener sentido. Ahí dejan de importar la plata o los problemas. Un segundo de sentido puede sostenerte durante años”.

Diecinueve años parecen mucho para una institución y poco para una persona. Sin embargo, el Teatromuseo llega a esa edad con una certeza poco común: el humor puede ser una forma de resistencia y cambio, la imaginación también necesita disciplina para educar las miradas y lo maravilloso no habita en mundos fantásticos, sino en la capacidad de seguir leyendo entre líneas.

Víctor vuelve y casi como si resumiera todos estos años en una sola idea, comenta:

“Si en algo se podría decir que somos profesionales, es en saber entrar en el lomo de la intuición, tratando de que no se nos pase nada maravilloso”.

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