La discusión sobre la ley 21.788 y la actividad física en la escuela no puede reducirse a cómo sumar minutos de movimiento a la jornada escolar. El verdadero desafío que abre esta nueva etapa es más profundo: pasar de una escuela que incorpora momentos aislados de actividad física a una que reconoce el movimiento como parte de su cultura, de su convivencia y de su manera cotidiana de educar.
Durante décadas, la actividad física escolar ha sido entendida como una cuestión aislada, de responsabilidad exclusiva de la asignatura de Educación Física o como una pausa recreativa entre clases. Esa reduccionista mirada es insuficiente pues moverse no debe ser visto como una distracción o interrupción del aprendizaje, sino como una acción humanan inherente que lo promueve. El cuerpo no debe quedar fuera del aula debiese estar siempre presente en la atención, la motivación, la regulación emocional, la participación y la forma en que niños, niñas y adolescentes habitan la experiencia escolar.
El sentido de la ley no debiese estar situado en “hacer más actividad física” de cualquier manera, sino en promover una actividad física con sentido educativo, formativo, inclusivo y pertinente. No se trata de llenar la jornada de ejercicios descontextualizados ni de transformar cada espacio escolar en una rutina obligatoria. Se trata de diseñar oportunidades reales de movimiento que dialoguen con el proyecto educativo, con la convivencia escolar, con el bienestar socioemocional y necesidades de aprendizaje de cada comunidad.
La escuela chilena necesita avanzar desde una lógica sedentaria, fragmentada y academicista, hacia una cultura escolar activa. Esto implica comprender que el bienestar no es un complemento del aprendizaje, sino una condición para ello. Implica también reconocer que la actividad física intencionada fortalece la convivencia, la inclusión, la autonomía, la pertenencia y salud.
Una cultura escolar activa no se construye solo con infraestructura, aunque la infraestructura importa. Tampoco se logra únicamente con planificación, aunque la planificación es indispensable. Se construye cuando directivos, docentes, asistentes de la educación, familias y estudiantes comprenden que el movimiento es parte permanente del desarrollo humano. Esta cultura se construye cuando los patios, pasillos, salas, recreos, clases y actividades institucionales dejan de ser espacios rígidos y comienzan a pensarse como oportunidades para aprender desde el movimiento.