Como deportista, he seguido con atención las polémicas que rodearon al reciente Mundial. Dirigentes detenidos por el FBI, deportistas que no pudieron ingresar a los países donde debían competir, y en Argentina más de 70 mil firmas reunidas para pedir que se repita una final. Hechos que, puestos uno al lado del otro, dejan una sensación incómoda: algo no está funcionando como debería.
Más allá de los resultados, quedó en evidencia algo que quienes practicamos deporte de forma constante sabemos bien: la confianza se construye prueba a prueba y cuando las polémicas suenan tan fuerte como los propios resultados deportivos, estos últimos terminan pagando la cuenta.
Competir supone la certeza de que las reglas son las mismas para todos y que quienes organizan y regulan el deporte actúan con criterios claros y verificables. Cuando esa certeza se debilita, no solo se daña la credibilidad de un evento puntual: se erosiona el vínculo emocional que millones de personas tenemos con el deporte como espacio de esfuerzo genuino y escuela de disciplina.
Por eso creo que el deporte se cuida, y se cuida sobre todo con transparencia. Se cuida cuando los procesos de arbitraje y organización pueden explicarse sin ambigüedades, y cuando las federaciones entienden que la gente ya no acepta versiones a medias ni silencios prolongados. También se cuida desde cada uno de nosotros: los deportistas amateurs, los clubes y comunidades que entrenamos día a día, representando la cara más honesta de esta actividad.
Lo ocurrido en este Mundial debería ser una oportunidad de aprendizaje, no solo un episodio para olvidar. La transparencia no es un discurso, es una práctica constante que requiere voluntad institucional y también ciudadana. Sigamos exigiéndola, porque el deporte premia a la competencia, no a los que manipulan las reglas.