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Niña de 7 años apuñalada: la escuela donde fallamos todos. Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de educación UNAB

Hay noticias que dejan a un país sin palabras. Esta fue una de ellas. No solo porque una niña de siete años resultó gravemente herida dentro de una escuela. Tampoco porque otra niña, de apenas trece años, esté vinculada a un hecho que jamás debió ocurrir. Duele porque ambas son niñas. Porque las dos deberían haber estado aprendiendo a leer el mundo, descubriendo amistades, imaginando futuros. Porque las dos deberían haber encontrado en la escuela el lugar más seguro de sus vidas. Y, sin embargo, ese refugio se quebró frente a nuestros ojos.

Cuando dos niñas son las protagonistas de un acto de violencia dentro de una escuela, no fracasan dos estudiantes. Fracasa la promesa más importante que la educación chilena hizo a su infancia: ofrecer un espacio donde aprender, crecer y sentirse protegidos. La escuela nació para cuidar la vida mientras enseña. Por eso, cuando la violencia atraviesa sus puertas, la herida no pertenece únicamente a una comunidad educativa; alcanza a todo un país.

Pienso, inevitablemente, en los profesores de esa escuela. En quienes mañana volverán a abrir la puerta de la sala de clases con el corazón más pesado que el maletín donde guardan sus cuadernos. Nadie estudia Pedagogía para aprender a convivir con el miedo. Nadie elige enseñar imaginando que un día deberá explicarles a sus estudiantes por qué el lugar donde aprendían a escribir también puede convertirse en escenario del horror. Los docentes enseñan contenidos, sí, pero antes de eso cuidan, contienen, escuchan y abrazan. Cuando la violencia entra a una escuela, también hiere profundamente a quienes hicieron de educar una forma de servir a los demás.

Sería cómodo reducir esta tragedia a un caso policial. Sin embargo, hacerlo sería cerrar los ojos frente a una realidad mucho más incómoda. La UNESCO (2024) advierte que la violencia escolar es el resultado de múltiples factores sociales, familiares y emocionales, mientras la Organización Mundial de la Salud (2022) y UNICEF (2021) alertan sobre el deterioro de la salud mental en niños y adolescentes. El cuchillo no apareció de improviso. Llegó después de muchas señales que, como sociedad, no fuimos capaces de leer. Llegó después de demasiados silencios.

También hemos sido injustos con nuestras escuelas. Les hemos pedido resolver la violencia, la salud mental, la exclusión, el consumo de drogas y las fracturas familiares, pero muchas veces sin los psicólogos, trabajadores sociales, orientadores y equipos especializados que esta realidad exige. Esperamos resultados extraordinarios con apoyos insuficientes. Después, cuando ocurre una tragedia, buscamos responsables en la escuela, olvidando que hace años la dejamos enfrentar sola problemas que pertenecen a toda la sociedad.

Por eso Chile necesita comprender que proteger la escuela no significa únicamente reaccionar cuando ocurre una tragedia. Significa construir políticas públicas capaces de prevenirla. La implementación efectiva de la Ley N.º 21.809 sobre Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas constituye una oportunidad para fortalecer la convivencia escolar desde una lógica preventiva. Del mismo modo, el debate sobre medidas que permitan impedir el ingreso de armas a los establecimientos debe abordarse con responsabilidad, porque proteger la vida nunca puede ser una discusión secundaria. Pero sería un error creer que basta con revisar una mochila. Una mochila puede esconder un arma; nunca esconderá el sufrimiento, la desesperanza o el abandono que llevaron a un niño o una niña a creer que la violencia era una respuesta. La verdadera prevención comienza mucho antes y exige comunidades educativas fortalecidas, equipos multidisciplinarios permanentes y un Estado que llegue antes que el miedo.

Ojalá nunca nos acostumbremos a noticias como esta. Ojalá sigamos sintiendo el mismo nudo en la garganta cada vez que una escuela deja de ser refugio. Porque una sociedad comienza a perder su futuro cuando acepta que la infancia aprenda a tener miedo donde solo debería aprender a soñar. El mayor desafío de Chile no es únicamente reconstruir la seguridad de sus escuelas; es reconstruir la confianza de sus niños, de sus familias y de sus profesores. Solo entonces la escuela volverá a ser lo que siempre debió ser: el lugar donde la esperanza entra primero que cualquier otra cosa.

 

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