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Burnout en salud: reconocer el desgaste antes de que se vuelva habitual. Por Dr. Roberto Iturra, Escuela de Enfermería, Universidad San Sebastián

En las carreras y profesiones de la salud, el compromiso suele expresarse en largas jornadas, alta responsabilidad y disponibilidad constante. Cuando esa exigencia se prolonga sin descanso, apoyo ni recuperación suficientes, puede aparecer el burnout: agotamiento emocional, distanciamiento y menor sensación de eficacia. En Chile, un 28% de las personas trabajadoras presenta burnout frecuente u ocasional, señal de que el desgaste no es excepcional.

El problema no surge de un episodio aislado ni debe confundirse con el cansancio habitual después de una semana intensa. Se instala gradualmente. Puede comenzar con dificultades para concentrarse, irritabilidad, pérdida de motivación o la sensación persistente de no alcanzar lo esperado. Con el tiempo, afecta el aprendizaje, el desempeño, las relaciones de equipo y el vínculo con pacientes y familias.

En los estudiantes de la salud, el desgaste puede aparecer al combinar clases, evaluaciones, prácticas clínicas y contacto temprano con situaciones complejas. Se suman el temor a equivocarse, la presión por demostrar competencias y la dificultad para separar el estudio de la vida personal. En los profesionales, las exigencias se relacionan con los turnos, la carga asistencial, las decisiones clínicas, las tareas administrativas y la exposición continua al dolor y la incertidumbre.

Por esta razón, el burnout no debería interpretarse únicamente como una dificultad individual. Dormir mejor, organizar el tiempo y mantener actividades personales son medidas importantes, pero no bastan calando existen cargas excesivas, escaso apoyo del equipo o ambientes que dificultan pedir ayuda. La prevención requiere equilibrar la responsabilidad personal con condiciones académicas y laborales sostenibles.

Las universidades pueden contribuir mediante una distribución razonable de las evaluaciones, tutorías accesibles, preparación emocional para las prácticas y mecanismos claros de acompañamiento. Los centros de salud, por su parte, deben favorecer la coordinación de los equipos, las pausas efectivas, la comunicación respetuosa y el apoyo después de situaciones clínicas difíciles. También es fundamental reconocer las señales tempranas y orientar oportunamente.

Hablar de burnout no significa disminuir la exigencia propia de las profesiones sanitarias. Significa comprender que la calidad del cuidado depende también de las condiciones en que las personas estudian y trabajan. Reconocer el desgaste, conversar sobre él y actuar antes de que se profundice permite proteger la formación, el ejercicio profesional y la seguridad de quienes reciben atención.

El desafío es avanzar hacia una cultura en la que cuidar a quienes cuidan sea parte de la responsabilidad educativa y sanitaria. Prevenir el burnout no es una acción secundaria, sino una forma concreta de sostener equipos competentes, relaciones humanas respetuosas y una atención de salud de mejor calidad.

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