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Chile: un país diseñado para hacer deporte solo cuando no llueve. Por Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB

El río atmosférico que golpea a la zona centro sur del país deja una postal repetida: calles anegadas, canchas suspendidas, parques desiertos y entrenamientos cancelados. La imagen no es nueva, pero cada invierno vuelve a instalar la misma pregunta incómoda. ¿Están nuestras ciudades preparadas para que la gente se mueva todo el año, o el deporte en Chile sigue siendo un privilegio del buen tiempo?

El pronóstico de la Dirección Meteorológica de Chile ya había anticipado un invierno con precipitaciones normales o sobre lo normal desde Atacama hasta Magallanes, en un año marcado por la transición hacia El Niño. En julio los modelos internacionales confirmaron el escenario: cuatro sistemas frontales encadenados, acumulados que en algunas zonas del centro sur podrían acercarse a los trescientos milímetros y ráfagas cercanas a los cien kilómetros por hora en el litoral. Detrás de esa marea de datos aparece un problema silencioso que no está en el mapa del clima, sino en la salud pública.

La Encuesta Nacional de Actividad Física y Deporte 2024 mostró que solo un 26,4 por ciento de niños, niñas y adolescentes chilenos cumple con la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de acumular al menos sesenta minutos diarios de movimiento moderado o vigoroso. La cifra ya era baja en verano. En invierno, cuando la ciudad se cierra sobre sí misma, la brecha se agranda. Y la disparidad se vuelve aún más elocuente al cruzarla con ingresos: la inactividad física crece de forma dramática entre los segmentos de menor renta, según los propios datos de la encuesta ministerial.

Aquí conviene detenerse. Ni el frío ni la lluvia son, en sí mismos, obstáculos fisiológicos para hacer ejercicio. La literatura del American College of Sports Medicine y las guías internacionales de actividad física señalan que entrenar a bajas temperaturas es seguro y saludable cuando se hace con ropa adecuada, hidratación cuidada y progresión razonable. Países con inviernos mucho más duros que el nuestro, desde Noruega hasta Canadá, mantienen niveles altísimos de práctica porque sus ciudades están diseñadas para que la gente no deje de moverse cuando el termómetro baja. El obstáculo, entonces, casi nunca es el cuerpo. Es la ciudad.

Y ahí es donde el modelo chileno muestra sus grietas. Buena parte de la infraestructura deportiva del país es al aire libre: canchas de tierra, multicanchas descubiertas, plazas activas, ciclovías, cerros, parques. Un modelo pensado para climas amables. Cuando la lluvia se instala, ese circuito colapsa. La oferta cubierta, en cambio, es escasa, cara y concentrada. Un informe del Senado ya había advertido que cerca de un cuarto de las instalaciones deportivas del país se acumula en la Región Metropolitana, dejando enormes zonas del territorio sin espacios techados de calidad para entrenar en invierno.

El problema es más grande de lo que parece. La actividad física es una de las intervenciones de salud pública más costo efectivas que conoce la OMS. Reduce riesgo cardiovascular, mejora salud mental, protege la función cognitiva en edades escolares y baja la carga sanitaria asociada al sedentarismo. Sin embargo, un país que solo permite moverse con comodidad tres o cuatro meses al año está renunciando, en la práctica, a la mitad del beneficio. Cada temporal es también un recordatorio silencioso de que la crisis climática no llega solo con inundaciones y aluviones, sino con menos movimiento, más pantalla y más sedentarismo forzado.

Chile suele discutir la actividad física desde el lado de los hábitos individuales: falta de tiempo, celular, mala alimentación. Todos esos factores importan, pero explican solo una parte. La otra, la que casi no se nombra, es que hemos construido ciudades incapaces de sostener el movimiento cuando el cielo se cierra. Mientras la lluvia siga funcionando como un botón de apagado colectivo, cada invierno empujará al país hacia atrás en indicadores de salud que ya conocemos de sobra. La pregunta, más que meteorológica, es urbana. Y lleva demasiado tiempo esperando respuesta.

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